Dostoyevski en un vuelo con escala

 

Ilustración de Fritz Eichenberg.


Artículo publicada en la revista
 ISTMO nº 398 del IPADE Business School

En 2024, como parte de mi propósito de leer un clásico entre junio y diciembre cada año, elegí «Los hermanos Karamázov». Consciente del calibre de Fiódor Dostoyevski y de la importancia de una buena traducción, comencé comparando el «Prólogo del autor» en distintas ediciones para explorar el estilo narrativo y la estructura de las oraciones en cada una; eso me permitió elegir el español con el que me sentí más cómoda. Invertir en una obra como esta es una experiencia similar a la de comprar un sofá: hay que «poner» el cuerpo y vislumbrar si la futura adquisición es óptima para pasar un buen rato sin padecer la estancia. Sentir la textura, pues. Digo esto refiriéndome a cómo se siente «la textura» de un texto en su lenguaje. Me decanté por Alianza editorial: dos volúmenes con buen tamaño de letra y encuadernado.

No es baladí decir «leí el libro». Es decir: leí en papel. Es decir: sostuve un peso considerable entre las manos. A diferencia de otras novelas, la experiencia de leer a Dostoyevski fue intramuros, en mi estudio. No fue un libro que llevé de aquí para allá o en el Kindle para hacerme compañía. Sin embargo, qué gran compañero fue Fiódor. Lo leí pausadamente, subrayé y releí. En muchos párrafos mi atención se mantuvo como lo haría frente al paisaje de un país que visito por primera vez; éste fue un paisaje narrativo que observé con interés, contemplación e introspección.

Dostoyevski en dos tomos se parece a tener escala en viaje largo. La transición resultó una pausa saludable para la mente, para estirar el cuerpo, caminar un poco y prepararme para abordar el volumen dos, renovada, fresca y con mucha curiosidad por lo siguiente. No sé cómo hubiera sido un «vuelo directo», pero disfruté el remanso entre un tomo y otro. Quizá sea también porque a los clásicos me gusta beberlos lentamente. A sorbos, como una taza perfecta de café. No son un shot a lo loco, sino un disfrute que permite detenerse en situaciones o diálogos, hacer pausas de lectura hasta el día siguiente. Además, «Los hermanos Karamázov» como tantas novelas del siglo XIX, fue publicada por entregas en la revista «El mensajero ruso» entre 1879 y 1880, por lo que en su naturaleza están las pausas.

La «escala» entre un tomo y otro

Al terminar el tomo 1 estuve varios días reflexiva, con pensamientos post lectura revoloteando, ideas que no quería que perdieran gravedad con el paso de los días o que se disolvieran en el aire como nubes que pierden su forma reconocible al avanzar. Escribo para tratar de asir algunas de ellas, aunque sea un par. Quizá la más importante es que «la escala» me dio entusiasmo por seguir leyendo. En los personajes de Fiódor encontré la importancia de procurar a personas cuya cercanía y conversaciones hagan bien, gente que aporte palabras limpias, belleza, sentido. Pero... ¿por qué, de tantos pensamientos que podría compartir después de 413 páginas, surge esta idea? Porque en Libro sexto. Un monje ruso, se destaca la riqueza del vínculo entre un joven aprendiz y un viejo sabio o, lo que es decir, la amistad entre el tercer hijo Karamázov, Aliosha, y su guía espiritual, el stárets Zosima. Lo que este joven conoció, escuchó y presenció de su mentor, es todo lo que no conoció, no escuchó y no presenció de su padre. Cuán valioso resulta acompañarnos de alguien que guíe y enriquezca nuestro espíritu y nuestra mente, una persona que constantemente inspire a construir la mejor versión que podamos ser para uno mismo y para ofrecerle a los demás.

Una experiencia similar tuve en el tomo 2, donde encontré el tesoro encarnado en Kolia, Aliosha e Iliusha (los nombres rusos me causaban confusión). Es conmovedor el vínculo que forjan estos tres personajes masculinos. Kolia, a dos semanas de cumplir catorce años, ya tiene fama temeraria por la ocasión donde se hizo el valiente al echarse pecho tierra entre las vías para que el tren le pasara encima. Sus amigos, cuando el tren se aleja, corren a ver cómo está, asustados por la osadía. Kolia estaba como muerto. Cuando vuelve en sí, dice que ha fingido inconsciencia para asustarlos, aunque en realidad se desmayó del miedo. Comento esto a modo de probadita de uno de mis momentos favoritos de esta obra monumental, el Libro décimo. Los niños, que muestra la fraternidad de Kolia con Iliusha, otro niño inolvidable por el que seguramente más de dos hemos llorado.

No diré mucho para evitar spoiler, pero ocurre una situación que distancia a los chiquillos y… ¿qué hace Kolia? Un rescate sentimental a través de un perro, un mastín llamado Zhuchka, que luego se llamaría Perezvón. ¿Cosa de niños? ¡Es cosa de grandes todo lo que Kolia hace para llevarle alegría a su pequeño amigo delicado de salud! Ah, qué belleza. Más aún cuando se llega a este capítulo tras uno que relata barbaridades para las que el corazón pide esquina. Interesante el efecto que logra Fiódor al hacer este ritmo narrativo: nos lleva de la oscuridad del presunto culpable de parricidio a la luz del amor de un padre por su hijo.


Leer un clásico

Un clásico en literatura es «clásico» porque en sus páginas está ese degradado de la vida, el ADN de la humanidad con todo su repertorio emocional e intelectual. Todos tenemos —todos somos— parientes imperfectos, vulnerables al abandono y al amor, conocemos la conciencia y el remordimiento, vivimos en patrias fundadas en honor, traición e injusticia. Nuestro árbol genealógico tiene abriguitos descosidos y sombreros de copa; mujeres severas y hombres decepcionantes; venganza y reconciliación, pero también tiene buenas personas, adultos excepcionales, niños que nos sacan lágrimas de emoción. Hay carencia, rencor, ternura, envidia, fortuna, humildad, muerte y duelo. Quizá por eso leer a Fiódor me emocionó tanto, es un ruso de otro siglo que escribió párrafos que hablan de lo mismo que puede sentir el par de ojos que te miran desde un espejo. Un clásico es una travesía reflexiva, y qué mejor si es con pausas que enriquecen. Pero leer una obra maestra lleva tiempo, lo mismo que un largo viaje en donde lo primero que hay que poner, es el cuerpo. Hay que tener disposición y, de preferencia, un ejemplar cuya edición sea lo más cercano a un asiento en Primera Clase. Ese sí que es un verdadero lujo: La riqueza del lenguaje donde las palabras prevalezcan en su mejor forma de ser dichas. Qué dicha.