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jueves, 1 de diciembre de 2016

La poeta nicaragüense Gioconda Belli en el Salón de la Poesía de la #FilGuadalajara30 el 29 de noviembre de 2016, acompañada por la poeta mexicana Carmen Villoro. 


Gioconda Belli (1948).
Poeta nicaragüense.

Los Casados

Nos lanzamos sin miramientos
al cotidiano oficio de querernos
al tiempo del lavabo y del cepillo
a la espuma del baño
a las noches de almohadas compartidas
al espejo común
en que la desnudez rasga sin compasión
los velos del misterio.
Pareja humana somos
cuerpos de luz y de estropicio
Bajo las sábanas huele el sexo, el sudor, lo ingerido,
y en la mañana a veces
el vino duerme rancio en la boca asomado a los besos.
Esto y mucho más sobrevivimos
aprendemos el gusto de lo usado y sabido
el consuelo del gesto adivinado
las mañas, la manera de acomodarnos en la cama
los ruidos, los ronquidos
el peso de los pasos cuando se va o se viene
el sigiloso celo con que cada uno labra su trinchera
y protege su pequeña ventana donde mirar la luna
sin ser visto
Redondo es el círculo de la intimidad
y asombroso el arsenal del amor
que con fallidas piedras
erige su castillo
y lo defiende.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Foto: ©FIL/Bernardo de Niz.


Discurso del escritor rumano Norman Manea en la ceremonia de entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, durante la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2016, el sábado 26 de noviembre.

Estimado Señor Presidente, apreciado Jurado, amantes de la literatura, señoras y señores:

“Vengo de una región donde vivían personas y libros”, dijo un gran poeta del exilio. Estas palabras podrían haber sido dichas también en sus respectivos exilios por Joyce o Nabokov, Dante o Victor Hugo, Thomas Mann o Czeslaw Milosz, o por Solyenitzin, Joseph Brodsky o Bashevis Singer. Fueron pronunciadas de hecho por Paul Celan, el más importante poeta en lengua alemana del siglo XX, nacido en mi cosmopolita Bucovina, que se suicidó durante su exilio en París. Me atrevo a repetirlas yo también hoy, en esta festiva celebración de la creatividad, como un homenaje a los escritores de ayer y hoy, obligados a abandonar su país y su lengua materna, sin olvidar no obstante las raíces lingüísticas y espirituales de su biografía y bibliografía.

Bucovina tomó su nombre de la palabra latina “Buk” y es representada por los hayedos Silvae Vaginales que le dieron fama. Impresionado por la singular belleza de la región, el emperador austriaco decidió en 1775 incluirla en su imperio. Bucovina fue reconocida como provincia con estatuto propio y también con parlamento propio —Dieta— con una representación democrática de las minorías, rumanos, polacos, judíos, ucranianos, algo no muy frecuente en la época. Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1918, Bucovina volvió a Rumanía, y durante la Segunda Guerra Mundial el norte fue ocupado por la Unión Soviética. La capital Cernauti llegó a ser el ucraniano Chernivtzi después de haber sido el austriaco Czernowitz. Esta migración de la pertenencia se refleja también en la de la población: hoy se encuentran a menudo en internet mensajes de Australia y Estados Unidos, Alemania, Israel y América Latina, a través de los que bucovinos exiliados en todo el mundo intentan establecer vínculos y recuerdos, incluidas recetas de cocina, del pasado una vez compartido. Hoy Bucovina se divide entre su parte norte, ucraniana, y su parte sur, rumana, con la capital en Suceava, donde nací y pasé mi infancia.

La presencia de Rumanía aquí y ahora no es sólo un feliz azar. La lengua rumana es una lengua latina, traída por los romanos que llegaron al Danubio y a los Cárpatos desde el primer siglo después de Cristo. El propio nombre de “rumano”, derivado de la palabra latina “Romanus”, se refiere al único pueblo latinófono en una zona de muchas mezclas étnicas y lingüísticas. “Los latinos del Este”, populous romanus, remite a la etnicidad romana, y lingua latina a la latinidad lingüística, en la variante neolatina de la Edad Media. El poeta Ovidio, exiliado a Tomis, a orillas del Mar Negro, dijo que había llegado a comprender la lengua de los “bárbaros” geto-dacos del sur de la Romania, con los cuales había sido forzado a vivir. Después de seis años de convivencia parece que compuso un elogio al emperador en la lengua local.

Como única lengua latina en un gran territorio eslavo, la lengua rumana tuvo que enfrentar muchas presiones internas y externas que tendían a diversificar y desviar sus opciones y sus valencias; la raíz latina resistió heroicamente a las tensiones. La psique rumana estuvo sin embargo dividida por la conjunción contradictoria entre la lengua latina como vínculo con Occidente, la Europa Occidental (Roma, París, Madrid) y la religión cristiana ortodoxa del Este (Rusia y Grecia). Una relación compleja y más de una vez conflictiva, pero que añadía matices originales, sorprendentes y creadores al tesoro espiritual central, enriquecido por estas alianzas imprevisibles y fascinantes. No menos estimulante fue también la pertenencia a la Europa Central del antiguo Imperio Habsbúrgico, a través de Transilvania y Bucovina, zonas multiculturales efervescentes y elevadas.

Como otras provincias rumanas, mi Bucovina natal significa no sólo las ricas premisas lingüísticas y librescas de un paisaje espléndido, sino también un estimulante híbrido cultural, de una gran originalidad. Los extraordinarios monasterios rumanos, monumentos Unesco, con sus frescos de más de 500 años de antigüedad, el viejo cementerio judío de Siret, el también monumento Unesco, más impresionante desde un punto de vista estético que el viejo cementerio judío de Praga, son sólo dos ejemplos, de los muchos posibles, de una herencia multicultural en la que tampoco pueden faltar el poeta nacional rumano Mihai Eminescu y el compositor George Enescu, el poeta yiddish Itzik Manger, el inolvidable Abraham Goldfaden, el fundador del primer teatro judío del mundo, el escritor alemán Gregor von Rezzori, los poetas alemano-judíos Paul Celan y Rose Auslander, los escritores israelíes de lengua hebrea Aharon Appelfeld, Dan Pagis y Yoel Hoffman. No por casualidad esta zona fue llamada “la placenta de la literatura” y Cernauti tuvo la fama de una nueva Jerusalén cultural, la “Jerusalén del río Prut” pero también, según el gran poeta polaco Zbigniew Herbert, “la última Alejandría de Europa”.

La historia de Rumanía y de Bucovina está trágicamente marcada por el horror del Holocausto, cuando toda la población judía de Bucovina fue deportada por el gobierno pro nazi y antisemita de Rumanía a los campos de exterminio de Transnistria, y los bucovinos que se hallaban bajo la provisoria administración húngara de Transilvania, a Auschwitz.

La mañana del 9 de octubre de 1941, después de que el Gran Monstruo de la cruz gamada había declarado la guerra, fui incluido entre los enemigos de la humanidad y expulsado, junto con la familia y los demás condenados del mismo origen, en el vagón de ganado que nos iba a llevar al otro lado del Stix, llamado Nistru, al apocalipsis. En el camino sin fin la masa de desesperados se lamentaba entre heces y oraciones —una primera y esencial lección sobre vida y horror—. El campo fue un continuo ejercicio de deshumanización, humillaciones y salvajadas, donde reinaba la incertidumbre: no podías estar seguro de que en el próximo momento no se decidía el final del juego de la muerte. La relación entre cautivos estaba dominada por el espanto y el hambre, la enfermedad y las tumbas; la solidaridad estaba vencida por los instintos primarios de la supervivencia a toda costa. La relación con los guardianes evolucionaba desde el terror a la corrupción, y de nuevo al terror y a la muerte; la corrupción probaba, en aquel siniestro experimento del crimen, los eventuales efectos salvadores. Fue mi primer exilio, mi primera iniciación en la pesadilla siempre repetida del odio del hombre hacia el hombre. Sobre este largo episodio criminal, el alcalde cristiano de Cernauti, Adriana Popovici, uno de los pocos oficiales rumanos que se opusieron a la deportación, escribió: “Como atravesando los milenios, un trágico destino unió la esclavitud babilónica y el infierno del hambre, la enfermedad y la muerte de Transnistria”.

El regreso al lugar del que fuimos echados fue para mí una mágica resurrección; descubrí de nuevo la maravilla de la banalidad, la comida y el calor, la escuela, la amistad, los libros. Me sería difícil olvidar el día de 19 de julio de 1945, cuando cumplía la solemne edad de nueve años y recibí como regalo un libro de cuentos del gran cuentista rumano Ion Creanga. Fui hechizado al instante por la lengua de la ficción, tan diferente de la de la calle o de la ruidosa retórica política del momento y deseé con desesperación ser aceptado por la familia de los hacedores de libros y evasiones librescas.

Mi primer texto fue lo que Roland Barthes llamaría “un discurso amoroso”, destinado a una compañera de clase, de coletas rubias y ojos azules, que me seguía en el catálogo: Manea Norman, Norman Bronya. El poema fue leído una espléndida tarde de otoño, en el bosquecillo de hayas en las afueras de la ciudad, delante de la musa indiferente y de un grupo de púberes admiradores. Siguieron otras producciones líricas pueriles, más vehementes y políticas, dedicadas a la Revolución mundial, al padre de los pueblos que vigilaba en Kremlin y al feliz futuro de la humanidad.

En la primavera de 1944, cuando el Ejército Rojo nos liberó del campo, no se nos permitió el regreso a Rumanía, así que seguí el primer curso en lengua rusa antes de volver, en abril de 1945, al lugar de donde fuimos expulsados. La readaptación significó una corta y feliz transición, rápidamente terminada por la dictadura estalinista que devastaba el país y a la gente, instaurando la propiedad del estado sobre los principales medios de producción, cultura y educación, imprentas, terrenos deportivos y casi cualquier forma de asociación.

La necesidad de ficción del adolescente que no había sido alimentado a tiempo con cuentos llevó a la atracción hacia la Utopía. El cándido niño con la corbata roja de pionero y después el activo joven con carné rojo benefició sin embargo a los 16 años de la terapia del sentido común, un drástico despertar del aturdimiento, la separación definitiva del dogma totalitario de la “felicidad obligatoria”. Al final del instituto estaba por completo curado de la ceguera, pero encadenado a una nueva quimera, la literatura, que hasta hoy me ha tenido cautivo.

En el así llamado periodo de “apertura” aparecieron mis primeros volúmenes de prosa, que acentuaron la desconfianza de la Autoridad hacia el solitario sospechoso que yo era. El comunismo rumano fue una parodia burlesca basada en complicidades y cinismo, oportunismo y terror, vigilancia y desconfianza, y la difícil transición hacia una sociedad democrática sufrió y todavía está sufriendo las reminiscencias de este convulso y degenerado periodo. Antes de abandonar Rumanía, que en 1986 se encontraba ya en caída libre hacia el abismo, intenté un experimento pueril. Entré en una librería y pedí un ejemplar del Manifiesto del Partido Comunista de los patriarcas Marx y Engels. La vendedora se quedó de piedra durante unos minutos, convencida de que se encontraba delante de un provocador, un deficiente mental, o ambas cosas. Después preguntó: “¿Qué ha dicho? ¿El manifiesto? ¿Del Partido? No tenemos eso… Tenemos los discursos del camarada Ceausescu. 20 volúmenes”. Me mostró la espléndida serie encuadernada en piel roja que nadie compraba. Lo que quedó después de 40 años de dogmatismo y corrupción es la más extraordinaria colección de bromas y anécdotas insólitas sobre la jaula donde se podía ver, en el patio de la cárcel, nuestro circo totalitario, pero también el archivo con los cautivos asesinados o inválidos para toda la vida, e igualmente las medallas, los premios, los actos de enriquecimiento y gloria de la casta dirigente.

La caída del comunismo europeo me encontró muy lejos, pero exaltado por el cambio inesperado. Sin embargo, fui y sigo siendo escéptico con respecto a los nuevos eslóganes sobre la muerte de la ideología y el comienzo de la armonía universal. Mientras exista la humanidad existirán ideas e ideologías, conflictos y rebeliones, el ciclo de proyectos de la radicalización del futuro no se detiene en cualquier fase prometedora. Quise también volver a Rumanía cuando el fantasma del comunismo se alejaba, pero la rapidez con la que los retratos oficiales del Partido fueron reemplazados por los de la derecha nacionalista de medio siglo atrás me convenció a preferir la apatía y la indecisión.

El destino me legitimó al fin y al cabo como escritor de la actualidad, entendida como exilio planetario, que viví por etapas en el exilio fascista de mi infancia, después en el exilio interior de la dictadura comunista y al final en el exilio global del libre mercado, con la doctrina mercantil de compraventa de cualquier cosa, en cualquier lado y en cualquier momento. En mi escritura se aliaron la experiencia biográfica de la exclusión y la opresión con la alegría libresca de la literatura, sobre todo la literatura de Europa Central y Europa del Este, como testimonio espiritual de primer rango de la vulnerabilidad, la melancolía y las ambigüedades de la existencia. Mi página tiene la cicatriz de los traumas pero también la firmeza de la resistencia a ellos. La tragedia tiene como inmediata consecuencia estética el cliché, el peligro astuto y populista en contra de la auténtica creatividad. Fui siempre muy circunspecto frente a los riesgos de la canonización, la oficialización y la comercialización, la vulgarización del sufrimiento y la manipulación ideológica. No por casualidad la primera monografía escrita sobre mí tiene como título La estética, una este-ética. Aproveché en la escritura, todo lo que pude, la autoironía y el espíritu moral judaico, la movilidad cultural rumana, los efectos cartesianos y cosmopolitas del pensamiento occidental, la fisura moderna en el arte como apertura hacia la innovación y el experimento.

Thomas Mann nos advertía hace tiempo de que “la libertad es más complicada que la tiranía”. Los que vivieron las complicaciones sangrientas de la dictadura saben que la transición de una sociedad cerrada y militarizada a una sociedad libre, demócrata y competitiva puede hacer equiparables hoy las no pocas y nada delicadas complicaciones de la libertad con las de la patología generada por la dictadura. Creo que podemos decir que, a pesar de la crisis de valores en la que estamos inmersos son preferibles la imperfección y la inestabilidad de la libertad a una autocracia perfecta, opaca y glacial.

El mundo de hoy enfrenta no sólo las contradicciones de una modernidad rápida y rápidamente cambiante, sino también las nuevas contradicciones y los nuevos conflictos de la actualidad: la energía revanchista de Rusia, el desarrollo dinámico de China, las crecientes migraciones desde Oriente y África hacia Europa, la oscuridad belicosa y glacial de Corea del Norte e Irán, la rutina cada vez más rebatida de los principios democráticos en muchas partes del mundo incluidos los Estados Unidos. Necesitamos más que nunca lucidez y coraje, solidaridad y sabiduría. Y, me atrevo a decir, el consejo de la página escrita que inspiró en tiempos difíciles a nuestros antepasados.

¿Dónde podemos encontrar el lugar de la cultura y la literatura bajo el asalto de la vulgaridad, el comercialismo y las maniobras políticas del mundo contemporáneo? Recordé el bloqueo de Leningrado o Petrogrado o San Petersburgo, como quieran, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los cautivos comían ratones y gatos y perros y basura; no se podían defender del frío y las enfermedades, pero sobrevivieron, como iban a testimoniar, leyendo a la luz del candil y las velas a Tolstoi y Dostoievski en las viejas ediciones usadas de sus viviendas. No tenían entonces ni internet, ni Facebook, ni los juegos de azar y sexo de la sociedad de consumo, ni las parodias transmitidas por televisión de las elecciones americanas o el frenesí de la olimpiada brasileña.

Creo que nuestro encuentro espiritual de hoy honra la heroica fidelidad a los valores de la lectura como el más duradero amigo de los solitarios del mundo, un apoyo fiel en tiempos difíciles, una fuente de energía y coraje, de vitalidad intelectual y pura y simplemente de vitalidad.

Hoy en Guadalajara disfruto de un importante reencuentro. En enero de 1990 participé en Ciudad de México en la primera y más amplia conferencia internacional dedicada a la libertad, junto con los más importantes representantes de la disidencia anti-comunista de Europa del Este y la intelectualidad occidental. Un encuentro de una elevada vibración espiritual y profundo compromiso cívico. Entonces y ahora, en México, fui rejuvenecido por la amistad y la hospitalidad y el humor de los anfitriones, por la energía y la jovialidad latina, la fidelidad a los altos valores del humanismo. Y el año pasado, en el centenario de Octavio Paz, pude convencerme de nuevo de la preocupación de la nación mexicana —tantas veces puesta a prueba por agresiones de todo tipo en contra de la paz y el progreso del país— por la cultura y la educación de la nueva generación, reflejada también por la edición amplia y gratuita para alumnos con ocasión de este evento internacional.

Mis libros tratan, espero, el enfrentamiento entre la individualidad y la agresión de la Historia, la fe en la belleza, el bien y la verdad de la creación, la estimulante simbiosis entre Atenas y Jerusalén en el pensamiento europeo, la herencia activa de la literatura centroeuropea en la construcción de la modernidad. Son premisas importantes para mi biografía y mi bibliografía.

México, aunque geográficamente lejano del enclave de mi evolución, es un vecino espiritual cercano a mi corazón. El hecho de que su país dedique inteligencia y tesón a los ideales humanistas en la perpetuación de la cultura es un hondo motivo de admiración.

Estoy profundamente agradecido y doy las gracias por el honor que con tanta emoción y alegría tuve aquí entre ustedes.

viernes, 18 de noviembre de 2016

"Las Viejas o El Tiempo" (1810-1812) de Francisco de Goya. Óleo sobre lienzo. 181 x 125 cm. Palais des Beaux-Arts de Lille. Lille, Francia.

De José Emilio Pacheco (1939-2014). Escritor mexicano.
Tomado del libro "El principio del placer".

Padre, las cosas que habrá oído en el confesionario y aquí en la sacristía… Claro, usted es joven, es hombre y le será difícil entenderme. De verdad, créame, no sabe cuánto me apena quitarle el tiempo con mis problemas, pero a quién si no a usted puedo confiarme ¿verdad?

No sé cómo empezar. Es decir, ¿cómo se llama el pecado de alegrarse del mal ajeno? Todos lo cometemos ¿no es cierto? Fíjese usted cuando hay un accidente, un crimen, un incendio, la alegría que sienten los demás al ver que no fue para ellos alguna de las desdichas que hay en el mundo…
Bueno, verá, usted no es de aquí, Padre; usted no conoció a México cuando era una ciudad chica, preciosa, muy cómoda, no la monstruosidad tan terrible de ahora. Entonces una nacía y moría en la misma colonia sin cambiarse nunca de barrio. Una era de San Rafael, de Santa María, de la Roma. Había cosas que ya jamás habrá…

Perdone, le estoy quitando el tiempo. Es que no tengo con quién hablar y cuando hablo… Ay, Padre, si supiera, qué pena, nunca me había atrevido a contarle esto a nadie, ni a usted; pero ya estoy aquí y después me sentiré más tranquila.

Mire, Rosalba y yo nacimos en edificios de la misma cuadra y con pocos meses de diferencia. Nuestras madres eran muy amigas. Nos llevaban juntas a la Alameda, juntas nos enseñaron a hablar y a caminar… Mi primer recuerdo de Rosalba es de cuando entramos en la escuela de parvulitos. Desde entonces ella fue la más linda, la más graciosa, la más inteligente. Le caía bien a todos, era buena con todos. En primaria y secundaria lo mismo: la mejor alumna, la que llevaba la bandera, la que salía bailando, actuando o recitando en todos los festivales de la escuela. Y no le costaba trabajo estudiar, le bastaba oír una vez algo para aprendérselo de memoria.

Ay Padre ¿por qué las cosas estarán tan mal repartidas?, por qué a Rosalba le tocó todo lo bueno y a mí todo lo malo? Fea, bruta, gorda, pesada, antipática, grosera, malgeniosa, en fin…

Ya se imaginará usted lo que nos pasó al entrar en la Preparatoria cuando casi ninguna llegaba hasta esos estudios. Todos querían ser novios de Rosalba; a mí ni quién me echara un lazo, nadie se iba a fijar en la amiga fea de la muchacha guapa.

En un periodiquito estudiantil publicaron –sin firma, pero yo sé quién fue y no se lo voy a perdonar nunca aunque ahora sea muy famoso y muy importante–: “Dicen las malas lenguas de la Prepa que Rosalba anda por todas partes con Zenobia para que el contraste haga resplandecer aún más su belleza extraordinaria, única, incomparable”.

Qué injusticia ¿no cree? Nadie escoge su cara y si una nace fea por fuera la gente se la arregla para que también se vaya haciendo fea por dentro.

A los quince años, Padre, ya estaba amargada, odiaba a mi mejor amiga y no podía demostrarlo porque ella era siempre amable, buena, cariñosa, y cuando me quejaba de mi fealdad me decía: “Pero qué tonta, cómo puedes creerte fea con esos ojos y esa sonrisa tan bonita que tienes”.

Era sólo la juventud, Padre. A esa edad no hay nadie que no tenga una gracia. Mi mamá se había dado cuenta desde mucho antes y trataba de consolarme diciendo cuánto sufren las mujeres hermosas y qué fácilmente se pierden…

Aún no terminábamos la prepa – yo quería estudiar leyes; ser abogada, aunque entonces daba risa que una mujer anduviera metida en trabajos de hombre – cuando Rosalba se casó con un muchacho bien de la colonia Juárez al que había conocido en una kermés.

Mientras ella se fue a vivir a la avenida Chapultepec en una casa preciosa que hace tiempo tiraron, yo me quedé arrumbada en el mismo departamento donde nací, en las calles de Pino. Para entonces mi mamá ya había muerto, mi padre estaba ciego por sus vicios de juventud y mi hermano era un borracho que tocaba la guitarra, hacía canciones y quería ser rico y famoso como Agustín Lara…

Tanta ilusión que tuve y ya ve, me vi obligada a trabajar desde muy chica, en “El Palacio de Hierro” primero y luego de secretaria en Hacienda y Crédito Público, cuando murió mi padre y al poco tiempo mataron a mi hermano en un pleito de cantina…

Rosalba, claro, me invitó a su casa pero nunca fui. Pasó mucho tiempo y un día llegó a la sección de ropa íntima donde yo trabajaba y me saludó como si nada, como si no hubiéramos dejado de vernos, y me presentó a su nuevo esposo, un extranjero que apenas entendía el español.

Estaba, aunque no lo crea, más linda y elegante, en plenitud como suele decirse. Me sentí tan mal, Padre, que me hubiese gustado verla caer muerta a mis pies. Y lo peor, lo más doloroso, era que Rosalba seguía tan amable, tan sencilla de trato como siempre.

Le dije que la visitaría en su nueva casa, ahora en Las Lomas. No lo hice nunca. Por las noches rogaba a Dios no volver a encontrármela. Todas nuestras amigas se habían casado y comenzaban a irse de Santa María. Las que se quedaron ya estaban gordas, llenas de hijos, con maridos que les gritaban y les pegaban y se iban de juerga con mujeres de ésas.

Para vivir así, Padre, mejor no casarse. Y no me casé aunque oportunidades no me faltaron, pues para todo hay gustos y siempre por más amolados que estemos viene alguien a nuestra espalda recogiendo lo que tiramos ¿verdad?

Se fueron los años y ya sería época de Alemán o Ruiz Cortines cuando una noche en que estaba esperando mi camión en el centro y llovía a mares la vi en su gran automóvil, con chofer de uniforme y toda la cosa. Hubo un alto, Rosalba me descubrió entre la gente y me invitó a subir.
Rosalba se había casado por cuarta vez, aunque parezca increíble, y a pesar de tanto tiempo, gracias a sus esmeros, seguía siendo la misma: su cara fresca de muchacha, sus ojos verdes, sus hoyuelos, sus dientes perfectos…

Me reclamó que no la buscara nunca, aunque ella me mandaba cada año tarjetas de Navidad, y me dijo que el próximo domingo no me escapaba, mandaría por mí al chofer para llevarme a almorzar a su casa.

Cuando llegamos, por cortesía la invité a pasar. Y aceptó, Padre, imagínese, aceptó. Ya se figurará la pena que me dio mostrarle mi departamento a ella que vivía entre tantos lujos y comodidades. Por limpio y arreglado que lo tuviera aquello seguía siendo el cuchitril que conoció Rosalba cuando andaba también de pobretona. Todo tan viejo y miserable que me dieron ganas de llorar de humillación, celos y rabia.

Rosalba se puso triste. Hicimos recuerdos de cuando éramos niñas. Por eso, Padre, y fíjese en quién se lo dice, no debiéramos envidiar a nadie, porque nadie se escapa de algo, de cualquier cosa mala. Rosalba no podía tener hijos y los hombres la ilusionaban un ratito para luego decepcionarla y hacerla buscar otro nuevo. Imagínese, tantos y tantos que la rodeaban, que la asediaron siempre, lo mismo en Santa María que en esos lugares ricos y elegantes que conoció después…

Bueno, se quedó poco tiempo; iba a una fiesta y tenía que vestirse. El domingo se presentó el chofer. Lo espié por la ventana y no le abrí. Qué iba a hacer yo, la fea, la quedada, la solterona, la empleadilla, en ese ambiente de riqueza. Para qué exponerme a ser comparada otra vez con Rosalba. No seré nadie pero tengo mi orgullo, Padre.

Ay, ese encuentro se me grabó en el alma. No podía ir yo al cine, ver la televisión, hojear revistas porque siempre veía mujeres hermosas con los mismos rasgos de Rosalba. Así, cuando en mi trabajo me tocaba atender a una muchacha que se le pareciera en algo, la trataba mal, le inventaba dificultades, buscaba formas de humillarla delante de los otros empleados para sentir que me vengaba de Rosalba.

Usted me preguntará, Padre, qué me hizo Rosalba. Nada, lo que se llama nada. Eso era lo peor y lo que más furia me daba. Es decir, siempre fue buena y cariñosa conmigo; pero me hundió, me arruinó la vida, sólo por ser, por existir, tan bonita, tan rica, tan todo…

Yo sé lo que es estar en el infierno, Padre. Y sin embargo no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Eso último que le conté, ese encuentro, pasó hace veinte años o más, no puedo acordarme…

Pero hoy, Padre, esta mañana, la vi en la esquina de Madero y Palma, de lejos primero, luego muy de cerca. No puede imaginarse, Padre: ese cuerpo maravilloso, esa cara, esas piernas, esos ojos, ese pelo color caoba, se perdieron para siempre en un barril de manteca, bolsas, arrugas, papadas, manchas, várices, canas, maquillajes, colorete, rímel, pestañas postizas…

Me apresuré a besarla y abrazarla, Padre. Se había acabado ya todo lo que nos separó. No importaba lo de antes y ya nunca más seríamos una la fea y otra la bonita. Ahora por fin Rosalba y yo somos iguales. Ahora la vejez nos ha hecho iguales.

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jueves, 17 de noviembre de 2016

Considerada poeta imaginista, le concedieron póstumamente el Premio Pulitzer.

Amy Lowell (1874-1925).
Poeta estadounidense.

Una vez, en el sofocante calor de pleno verano,
un Emperador hizo que las montañas en miniatura de su jardín
fueran cubiertas con seda blanca,
así coronadas,
parecían refrescar sus ojos
con el resplandor de la nieve.

De "El jardín de Sevenels".
Traducción de Marta Porpetta.
Torremozas, Madrid 2007.

miércoles, 9 de noviembre de 2016



La última cena

El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida

Ángel García Galiano (1961). Escritor español.
@angelgaliano

martes, 8 de noviembre de 2016

Ernesto Cardenal es, desde el 2010, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.


Ernesto Cardenal (1925).
Poeta nicaragüense.

Hablas en tu celular
y hablas y hablas
y ríes en tu celular
sin saber cómo se hizo
y menos cómo funciona
pero qué importa eso
            lo grave es que no sabes
             como yo tampoco sabía
             que muchos mueren en el Congo
                    miles y miles
                     por ese celular
                     mueren en el Congo
en sus montañas hay coltán
                    (además de oro y diamantes)
usado para los condensadores
de los teléfonos celulares
                    por el control de los minerales
                     corporaciones multinacionales
                     hacen esa guerra inacabable
                     5 millones de muertos en 15 años
y no quieren que se sepa
                           país de inmensa riqueza
                             con población pobrísima
80% de las reservas mundiales
del coltán están en el Congo
yace el coltán desde hace años
tres mil millones de años
            Nokia, Motorola, Compak, Sony
                    compran el coltán
            también el Pentágono y también
             la corporación del New York Times
y no quieren que se sepa
ni quieren que se pare la guerra
para seguir agarrando el coltán
niños de 7 a 10 años extraen el coltán
                    porque sus pequeños cuerpos
                     caben en los pequeños huecos
            por 25 centavos al día
y mueren montones de niños
por el polvo del coltán
o martillando la piedra
que les cae encima
                    también The New Yor Times
             que no quiere que se sepa
              y así es que no se sabe
             ese crimen organizado
             de multinacionales
                    la Biblia identifica
                      justicia y verdad
y el amor y la verdad
la importancia pues de la verdad
            que nos hará libres
también la verdad del coltán
coltán dentro de tu celular
en el que hablas y hablas
                   
y ríes en tu celular.


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domingo, 6 de noviembre de 2016



Fragmento del discurso de Fernando del Paso al recibir el Premio Cervantes.

La vida ha sido bastante cuata conmigo.

Hace mucho tiempo el joven poeta mexicano tabasqueño, José Carlos Becerra, obtuvo una beca Guggenheim y con ella se fue a Londres con el propósito de comprar un automóvil con el cual recorrer toda Europa. Una madrugada, camino a Bríndisi, en Italia, no se sabe qué sucedió: tal vez se quedó dormido al volante, el caso es que se desbarrancó y se mató. Yo llegué también con mi beca Guggenheim a Londres pocos meses después y me alojé en la casa del mismo amigo mutuo, Alberto Díaz Lastra, en donde él se había alojado. Allí, José Carlos olvidó una camisa que yo heredé. Desde entonces, cada vez que yo sentía pereza de escribir, desánimo o escepticismo, me ponía la camisa y comenzaba a trabajar. Consideré que yo tenía un deber hacia aquellos artistas, hombres y mujeres, cuya muerte prematura les impidió decir lo que tenían que decir. Por eso esa camisa tiene tanta importancia en mi vida. Depositarla en la Caja de las Letras no significa que no vuelva yo a escribir: la magnificencia e importancia del Premio de Literatura Española Cervantes, me obliga moralmente a hacerlo y así lo haré: me pondré la camisa, así sea metafóricamente, una y otra vez, hasta que se acabe (no la camisa sino mi vida).

jueves, 3 de noviembre de 2016

Katherine Mansfield (1888-1923). Escritora neozelandesa. 

Katherine Mansfield amaba la música y quiso dedicar su vida al cello; su padre no lo permitió. En cambio, si pasó gran parte de su tiempo escribiendo; sus cuentos son referente en el género y es considerada una de las mejores tejedoras de relatos en lengua inglesa. En septiembre de 2016, Gatopardo Ediciones publicó el libro del crítico literario italiano Pietro Citati titulado "La vida breve de Katherine Mansfield", quien enferma de tuberculosis murió a los 34 años. Luchó por su salud y escribió sobre el dolor físico en sus Diarios, de donde hemos tomado el siguiente fragmento: 

Bueno, Katherine, ¿qué entiendes por salud? ¿Y para qué la quieres?

Contestación: por salud entiendo la capacidad de vivir una vida completa, adulta, viva, activa, en estrecho contacto con lo que quiero, la tierra y sus maravillas: el mar, el sol. Todo lo que entendemos cuando decimos el mundo exterior. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí, volverme un ser humano consciente y sincero. Al comprenderme a mí misma, quiero comprender a los demás. Quiero realizar todo lo que soy capaz de ser para poder ser (y aquí me he parado, he esperado inútilmente, una sola expresión dice lo que hay que decir) una hija del sol. Si uno habla del deseo de ayudar a los demás, de llevar una luz y otras aspiraciones semejantes, parece que uno mienta. Que baste esto. Ser una hija del sol.

Y luego quisiera trabajar. ¿En qué? Quisiera vivir de manera que me fuera posible trabajar con mis manos, mi corazón y mí cerebro. Quisiera tener un jardín, una casita, hierba, animales, libros, cuadros, música. Y de todo esto sacar lo que quiero escribir, expresar todas estas cosas. (Aunque tomara como personajes a cocheros de fiacre. Esto no importa.)

Pero la vida, la vida cálida, anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar. Nada que sea menos que esto es lo que quiero. A esto es a lo que tengo que tratar de llegar.

Estas páginas las he escrito para mí. Ahora voy a correr el riesgo de enviarlas a J... que haga lo que quiera con ellas. Así verá cuánto le quiero.

Y cuando digo: «tengo miedo», esta palabra no te tiene que inquietar, corazón mío. Todos tenemos miedo cuando estamos en casa del médico en una sala de espera. Sin embargo tenemos que pasar por ella, y en la sangre fría que consigue tener el que se queda reside toda la ayuda que nos podemos dar mutuamente...

Todo esto suena muy serio y arduo. Mas ahora que he luchado cuerpo a cuerpo con estos sentimientos ya no me parecen tal. Me siento feliz, en el fondo, muy en el fondo. Todo está bien.

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Leer sus cuentos es la mejor forma de conocer su visión de la vida y su enorme legado a la literatura.  También sugerimos –aunque aún no lo hemos leído– el libro que mencionamos líneas arriba:




miércoles, 2 de noviembre de 2016



Por Addy Góngora Basterra.

Tu nombre se repite una y otra vez, golpe de martillo en mi pared. Te has venido atornillando cada día. Todos mis espacios se han impregnado de ti, olor que persigue y atrae. Por las mañanas, especialmente domingo o días festivos, el escándalo de saberte en mi vida me saca del sueño, en oleadas las sábanas me empujan de la cama, porque en tu cuerpo convergen mis mareas, todos los caminos me llevan a ti.

Y siempre, ante todo, está tu nombre como antídoto y guarida. Juego con él –perfecta canica–, lo voy rodando, rodando, lo veo de principio a fin, recorro su geografía y ahí va la caniquita haciendo ruido, seduciendo mi atención, motivando mi escritura. La acomodo en el dedo índice, con el dedo gordo la empujo y pium sale disparada, le pega a otras canicas y salen disparadas como al inicio de un juego de billar, siendo mi canica la que se impone entre las demás.

Cada noche es regocijo dormir cobijada a la sombra de tu nombre, ese que me llama a atravesar la ciudad, el que pronuncio en silencio de alcoba, sueño posible, verdad que es pan de cada día al despertar.

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