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jueves, 11 de agosto de 2016

"Los Migrantes" de Andrés Montesanto.
Se encuentra en la Terraza del Muelle Uno en el puerto de Málaga.
En los laterales de la escultura se puede leer "Emigrados" e "Inmigrantes".

Por Julia Mortera.

Pensando en Estela Guzmán y Andrés Silva. Increíbles seres humanos.


Tengo en la mano una cámara de video. Llegamos a una casa de techos de palma. Una mujer se levanta de su hamaca, la hemos despertado de la siesta. Observo mientras escucho una lengua que no entiendo. Mi interlocutor me indica que está lista. Enciendo la cámara, enfoco a la mujer de menos de 1.50 metros de estatura y cabello cenizo. No sonríe. Es diminuta en el encuadre. Le pido a mi interlocutor que le diga a la señora que estoy lista. REC. Grabando.

No habla. Solo mira fijamente el lente de la cámara. No se mueve ninguna de las palmas de la casa. Firme se mantiene frente a mí por más de un minuto. Un silencio cae en todo nuestro entorno. Yo miro a mi interlocutor con confusión, con la mirada le vuelvo a decir: “anda, dile que estoy lista”; pero él me mira sonriendo, como diciendo “dale su tiempo”.

Un quejido rasga el silencio. Del dolor de su interior surge una voz que se quiebra. Los brazos se levantan y se extienden, como queriendo tomar de mi cámara de video a esa persona a quien le habla en esa lengua que no comprendo. No sé lo que dice, pero su voz, su mirada, sus manos estiradas desde aquella postura congelada, me estremecen. Le habla a un hijo que se fue hacia un país del norte, a un hijo que no ve hace más de doce años, a un hijo que se hace presente en los alimentos de las comidas del día que son posibles por el cambio de divisas.

De un latigazo la mujer detiene el mensaje. Vuelve a congelarse en postura firme, aún mirando hacia la cámara. El silencio nos envuelve otra vez. REC. Dejo de grabar. Mi interlocutor se acerca a darle la mano y a decirle algo que asumo como una despedida y un agradecimiento. La mujer me levanta la mano en signo de despedida. Le sonrío.

Mientras ella vuelve a su hamaca, nosotros subimos al coche. Mi interlocutor y yo nos sentimos abrumados. Hay un lenguaje universal que no necesita de traducciones: el de las emociones.

II 


Elizangela lleva horas esperando para entregar la documentación que le dará legalidad en un país que no es el suyo, con esto espera recibir el permiso que le otorgará derechos en un lugar del mundo en el que no nació. Ésta es la cuarta vez que visita la dependencia. La primera vez fue a pedir información sobre la documentación a presentar. La segunda vez fue a presentar la documentación que le solicitaron en la primera visita; llegó una hora antes de la apertura para tomar un turno, esperó seis horas para que, cinco minutos antes de las dos de la tarde, una señora le cerrara la ventanilla en la cara y le dijera: “vuelve mañana, hemos terminado la jornada”. La tercera vez llegó tres horas antes de la apertura de la dependencia, tuvo suerte para ser atendida, solo para enterarse que los documentos no contaban con el sello especial del cual no le informaron en la primera visita. Ésta es la cuarta ocasión y estoy junto a ella, en mi segunda visita a la misma dependencia. Me cuenta lo ocurrido y me sorprendo, especialmente por su entusiasmo y su sonrisa. La cuestiono, le pregunto por qué no dijo nada, por qué no se quejó, por qué no reclamó. Con su español, marcado por un acento rumano me explica que de haberlo hecho sería peor, entonces le pondrían más trabas, le darían más largas, le informarían la mitad de las cosas, la mirarían con más supremacía, harían lo posible por postergar sus derechos. Ambas nos miramos con entendimiento. Aún así, con indignación le digo que aquellas personas tendrían que irse de su tierra para ser un poco más empáticos y respetar más el tiempo y la integridad de quienes somos ciudadanos del mismo mundo. Ella, sonriendo me mira de nuevo con fuerza para decirme: “no tienen el coraje”.

III 


Andrés es mi amigo. Compartimos nuestro idealismo por vivir en un mundo más justo. Somos soñadores y, como soñadores hablamos de lo que amamos de la vida y lo que despreciamos de los hombres. También hablamos del camino y de lo difícil que a veces resulta recordar que somos seres humanos; ambos evitamos convertirnos en seres sin razón ni emoción.

Nos hicimos amigos hace tiempo, cuando yo desconocía a dónde iba a llevarme la vida. En nuestras conversaciones solía decirme: “Migrantes somos y en el camino andamos”. Lo decía porque, para los dos, la vida ya era un constante ir y venir, un constante empezar de cero, un constante hola y adiós. Decir ese “mantra” era una óptica para entender que la vida “da muchas vueltas” y que mañana podríamos ser aquella persona a quien no le tendimos la mano; decir “migrantes somos” era, y aún es, asumirnos como seres dispuestos a buscar mejores condiciones y oportunidades para conquistar nuestros sueños de soñadores; es entender la palabra “migrante” como un sinónimo del ser humano que lucha para alcanzar su felicidad, aunque implique tener que dejar atrás. “En el camino andamos”, porque así es, todos los días, todos nosotros, emprendemos un camino, hacia un trabajo, hacia una escuela, hacia un pueblo, hacia un lugar… andamos por las diferentes calles de las miles de ciudades, de los cientos de países que conforman un mismo mundo que es redondo.

Hace mucho que no veo a Andrés, pero por nuestra natural condición migrante, sé que lo encontraré de nuevo para compartir nuestros sueños de soñadores, hablar de nuestras experiencias por nuevos caminos, con nuestro corazón más ensanchado, para luego despedirme de nuevo con la certeza de que quien se va, se queda para siempre… “Migrantes somos y en el camino andamos”.

IV 


Soy del país de los extranjeros
de los huérfanos de patria
a los que miran raro porque hablan distinto
de los “sin papeles”, de los “friega platos”.

Soy del país de los extranjeros
de los que viven en nostalgia
de la música que les remite a casa
de los que cargan en maletas esperanza por volver.

Soy del país de los extranjeros
de los que hablan otras lenguas para poder comer
de los que buscan un rincón tranquilo para soñar
de los exiliados, de los perseguidos.

Soy del país de los extranjeros
soy Israel y Siria
soy el aliento del niño ahogado en el Mediterráneo
soy la piel abierta de la mujer en el desierto mexicano
soy el moro entre cristianos,
el mojado, la sudaca, la gitana.

Soy del país de los extranjeros
aquel que no tiene limites geográficos
que no conoce entidades federativas
aquel que existe y se conforma
con la población del mundo.

Soy del país de los extranjeros
de los que en silencio gritan “¡Soy tu misma especie!”
y mis oídos sienten el desprecio en tu voz
y mis ojos ven tus muecas por el olor de mi cansancio
y tengo hambre y tengo sueños
y quiero una vida digna como la tienes tú.

Soy del país de los extranjeros
y tengo, como tú, habitante de otro país
amor por una madre y un hermano.
¡Extraña especie con razas y sin razón!
doliente género constructor de estrechos.

Soy del país de los extranjeros
tenía una casa que fue destruida por bombardeos
y mis niños tenían jardines que hoy son escombros
en un lugar del que tú también habrías huido.

Soy del país de los extranjeros
y vivo en la voluntad de pocos hombres y mujeres
que alzan por mí su voz
que no miran el color de mi piel
y que luchan por mis derechos sin conocerme.

Soy del país de los extranjeros
y diviso una estela de esperanza en el camino
en el trabajo de esos cuantos habitantes de otros países
que miran en la profundidad de mis ojos de extranjero
la misma condición de humanidad que todos compartimos.

· juliamortera74@gmail.com ·
 

lunes, 8 de agosto de 2016

Estatua del poeta portugués Fernando Pessoa, frente al emblemático café "A Brasileira" en el Chiado, Portugal. 

Eugenio Montejo (1938–2008).
Poeta Venezolano, quien ejerció cargos diplomáticos en Portugal.

A Rafael Cadenas

La estatua de Pessoa nos pesa mucho,
hay que llevarla despacio.
Descansemos un poco aquí a la vuelta
mientras vienen más gentes en ayuda.
Tenemos tiempo de tomar un trago.

Son tantas sombras en un mismo cuerpo
y debemos subirlas a la cumbre del Chiado.
A cada paso se intercambian idiomas,
anteojos, sombreros, soledades.

Démosle vino ahora. Pessoa siempre bebía
en estos bares de borrosos espejos
que el Tajo cruza en un tranvía sonámbulo
¿Por qué no va a beber su estatua?

Con todo el siglo dentro de sus huesos
vuelto ya piedras llenas de saudades,
casi nos dobla los hombros
bajo el silencio de su risa pagana.

No hay que apurarse. Llegaremos.
Lo que más cuesta no es la altura de su cuerpo
ni el largo abrigo que lo envuelve
sino las horas del misterio
que se repliegan pétreas en el mármol.
Cuanto a diario soñó por estas calles
y desoñó y volvió a soñar y desoñar;
el tiempo refractado en voces y antivoces
y los horóscopos oscuros
que lo han cubierto como una gruesa pátina.
Alzar solo su cuerpo sería fácil.
Aunque se embriague no pesa más que un pájaro.

viernes, 5 de agosto de 2016


Por Julia Mortera.

Las imágenes que acompañan este texto forman parte de la instalación "The key in the hand" de la artista japonesa Chiharu Shiota, presentado en la Bienal de Arte de Venecia de 2015. Esta pieza se refiere a los recuerdos que se guardan en la memoria mediante la composición de un cielo rojo hecho de hilo rojo, dos barcas y más de cincuenta mil llaves recopiladas por diferentes personas del mundo. ¿Cuántos espacios y momentos no habrán protegido todas esas llaves? La artista también reflexiona: "Las llaves nos inspiran a abrir las puertas de mundos desconocidos".
Que mis llaves contribuyan siempre a abrir puertas en la inmensidad del mar.


Una de las muchas razones por las cuales me gusta la poesía es porque permite iniciar la lectura desde el poema que se decida. Así me aventuré a conocer lo no tan conocido de Pablo Neruda, por lo menos para mí en aquel entonces. Es cierto que al principio iba buscando el muy pronunciado poema número veinte de su obra “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”: Puedo escribir los versos más triste está noche… leía una y otra vez.

Con el paso de los días avanzaron también las páginas y, con ellas el descubrimiento de las diversas temáticas de Neruda en su producción literaria. Recuerdo con especial gusto su “Oda a las cosas”, “El mar” y “Pido silencio”. Por poemas como esos fue naciendo en mí el gusto por temáticas cuya idea central no era el amor, sino el asombro por lo cotidiano o, muy especialmente, la denuncia de los acontecimientos sociales del entonces.

Muy particularmente me enamoré de “El barco”, que es en realidad lo que quisiera compartir hoy. Lo relevante de la literatura, como cualquier otro medio de expresión del arte, es lograr dar al mundo piezas con un sentido de actualidad que por su valor conceptual y estético, hacen que en el hoy reflexionemos. Quise guardar en la memoria este poema porque me conmovió, y porque cuando lo leí hace casi diez años comenzaba a interesarme en un tema que sigue siendo polémico: la migración.

Recurro como título de este texto a la frase que Addy utiliza para este blog porque hoy, recurriré a las letras de Neruda, que han servido de reflexión para algunas letras mías que compartiré la semana entrante.

· juliamortera74@gmail.com ·


“El barco”

Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo
¿por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?
Queremos mirar las nubes,
queremos tomar el sol y oler la sal,
francamente no se trata de molestar a nadie,
es tan sencillo: somos pasajeros.

Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros:
pasa el mar, se despide la rosa,
pasa la tierra por la sombra y por la luz,
y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros.

Entonces ¿qué les pasa?
¿Por qué andan tan furiosos?
¿A quién andan buscando con revólver?

Nosotros no sabíamos
que todo lo tenían ocupado,
las copas, los asientos,
las camas, los espejos,
el mar, el vino, el cielo.

Ahora resulta
que no tenemos mesa.
No puede ser, pensamos.
No pueden convencernos.
Estaba oscuro cuando llegamos al barco.
Estábamos desnudos.
Todos llegábamos del mismo sitio,
Todos veníamos de mujer y de hombre.
Todos tuvimos hambre y pronto dientes.
A todos nos crecieron las manos y los ojos
para trabajar y desear lo que existe.

Y ahora nos salen con que no podemos,
que no hay sitio en el barco,
no quieren saludarnos,
no quieren jugar con nosotros.

¿Por qué tantas ventajas para ustedes?
¿Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?

Aquí no están contentos,
así no andan las cosas.

No me gusta en el viaje
hallar, en los rincones, la tristeza,
los ojos sin amor o la boca con hambre.



No hay ropa para este creciente otoño
y menos, menos para el próximo invierno.
Y sin zapatos ¿cómo vamos a dar la vuelta
al mundo, a tanta piedra en los caminos?

Sin mesa ¿dónde vamos a comer,
dónde nos sentaremos si no tenemos silla?
Si es una broma triste, decídanse, señores,
a terminarla pronto,
a hablar en serio ahora.

Después el mar es duro.

Y llueve sangre.

sábado, 30 de julio de 2016

"El poeta es un pequeño Dios"


Vicente Huidobro (1893–1948).
Poeta chileno.

Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo, en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.

Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
hacedla florecer en el poema;

Sólo para nosotros
viven todas las cosas bajo el Sol.

El Poeta es un pequeño Dios.

De "El espejo de Agua", 1916.

viernes, 29 de julio de 2016



Ben Clark (1984).
Poeta español.

Cuando cumplí los treinta me senté
a pensar en las cosas que quería.

Pensé en ti, en un futuro vago, en todo
lo que duerme detrás de la escritura.

Y después, es verdad, pensé en un Rolls
Royce Phantom, o en cualquier Rolls Royce (¿importa?)

y tuve la ilusión de tener uno
antes de morir.

Y con otra cerveza dije bueno,
con ir en uno

me doy por satisfecho. Me senté
y me propuse ir en un Rolls Royce

como objetivo único y legítimo.

Más tarde recordé su funeral.
El Rolls que nos llevó hasta el crematorio.

El perfecto silencio del motor;
cómo el coche aquel día no importaba.

jueves, 28 de julio de 2016

Don Luis (1920 – 2005)
Por Julia Mortera.

Siempre me ha gustado leer poesía. El deleite por los versos se lo debo a Don Luis, mi abuelo materno. No fue un abuelo que jugara conmigo en el jardín o que me cantara canciones para dormir. De hecho, no recuerdo haber ido a la playa con él, ni a la feria. Lo recuerdo más bien como un hombre trabajador, recto, preciso, estricto. Y aunque tampoco recuerdo que me contara chistes, su cariño por mí llegó por otra vía: por su admiración a la palabra escrita y su gusto por escucharme declamar en la sala de su casa. No vivíamos en la misma ciudad, así que durante el curso escolar me preparaba para plantarme frente a él y declamar los versos elegidos.

Con la solemnidad de un emperador, Don Luis se sentaba en el sillón de la sala. A una sola voz llamaba a quien estuviera en casa para decir: “Julita va a declamar. Venid”. Entonces llegaban algunos cuantos por gusto y otros resignados a escucharme. Era una niña, medía cerca de un metro de estatura, mis rodillas se tambaleaban de un lado a otro al encararlo, y siempre la primera letra del poema conservaba un eco de nerviosismo, pero era soltar la voz y comenzaba la función.

—De Rafael de León, “Profecía” —decía—. De Juan de Dios Peza, “Fusiles y muñecas”.

Don Luis cerraba los ojos y movía las manos como quien dirige una orquesta sinfónica. Cuando pronunciaba los versos más emotivos ceñía más la frente y apretaba con fuerza los ojos. Se emocionaba. Cuando llegaba al final del poema aplaudía y, si alguno de los otros asistentes celebraba con menor júbilo, hacía palmas más fuertes con mirada penetrante, hasta conseguir que en aquellos inviernos calurosos se avecinaran avalanchas de aplausos.

Nunca era suficiente. Al día siguiente se repetía la función con el mismo poema. Según el tiempo que tuviera, me pedía que volviera a empezar. Esos eran nuestros “juegos” entre nieta y abuelo. De aquel escenario improvisado surgió el amor entre un hombre honesto y una niña que creció queriendo las letras.

Por tales cimientos y por la presencia en mi vida de tan importante fan, siempre tuve un gusto por escribir con sentimiento, por no decir “vivir” con sentimiento. Hice también oratoria. Las mías y las de otros, y lo digo así porque ya para los años de instituto, más de tres me pagaban para que en el aula de “Redacción”, escribiera por ellos las oratorias finales del curso.

Por eso digo que siempre me ha gustado leer poemas, en voz baja y en voz alta. Fue la primera puerta que tomé hacia la literatura. Fue el legado de Don Luis para mí y para los míos. Por eso no sorprende que en la familia haya pasión por los libreros, por la filosofía, por la enseñanza, por la investigación, por la música, por la actuación. Hay vena artística. Hay respeto por las artes. Por Don Luis tenemos alma de Quijote.

Entre nosotros, la familia, podríamos debatir muchas cosas entorno a Don Luis y cómo vivió su vida. Pero, por lo menos yo, recurro a la figura de mi abuelo en aquellos episodios tan especiales para concluir, años después a su partida, que hay mucho fondo en su manera de quererme… mucho fondo en su manera de querernos y formarnos.

En todo el universo de palabras y poemas, hay unos versos de Pedro Garfias que en especial le digo hoy en voz alta:

“¿Quién derribará ese árbol
de Asturias, ya sin ramaje,
desnudo, seco, clavado
con su raíz entrañabale
que corre por toda España
crispándonos de coraje?”.

Hace meses que Don Luis ha vuelto a tener una presencia importante en mí, quizá porque estoy en el país que amó con tanta nostalgia a la distancia. Pienso que si me viera hoy, en donde estoy y con quien estoy, se sentiría tan orgulloso como lo hacía en aquel sillón que lo engrandecía.

Te encontraré en Asturias un día Don Luis, el amor por esa tierra es también tu legado.

· juliamortera74@gmail.com ·



jueves, 21 de julio de 2016


Nicanor Parra (1914). Poeta chileno. 

Cuando pasen los años, cuando pasen
los años y el aire haya cavado un foso
entre tu alma y la mía; cuando pasen los años
y yo sólo sea un hombre que amó,
un ser que se detuvo un instante frente a tus labios,
un pobre hombre cansado de andar por los jardines,
¿dónde estarás tú? ¡Dónde
estarás, oh hija de mis besos!

miércoles, 20 de julio de 2016

Salvador Elizondo (1932-2006).
Escritor Mexicano.

[El cuento que compartimos está tomado del libro Narda o el verano].

En un día de verano, hace más de tres mil quinientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la orilla de un arroyo a adivinar su destino en el caparazón de una tortuga. El calor y el murmullo del agua pronto hicieron, sin embargo, vagar sus pensamientos y olvidándose poco a poco de las manchas del carey, Pao Cheng comenzó a inferir la historia del mundo a partir de ese momento. “Como las ondas de este arroyuelo, así corre el tiempo. Este pequeño cauce crece conforme fluye, pronto se convierte en un caudal hasta que desemboca en el mar, cruza el océano, asciende en forma de vapor hacia las nubes, vuelve a caer sobre la montaña con la lluvia y baja, finalmente, otra vez convertido en el mismo arroyo…”

Este era, más o menos, el curso de su pensamiento y así, después de haber intuido la redondez de la tierra, su movimiento en torno al sol, la traslación de los demás astros y la propia rotación de la galaxia y del mundo… “¡Bah! —exclamó— este modo de pensar me aleja de la Tierra de Han y de sus hombres que son el centro inamovible y el eje en torno al que giran todas la humanidades que en él habitan…” Y pensando nuevamente en el hombre, Pao Cheng pensó en la Historia. Desentrañó, como si estuvieran escritos en el caparazón de la tortuga, los grandes acontecimientos futuros, las guerras, las migraciones, las pestes y las epopeyas de todos los pueblos a lo largo de varios milenios. Ante los ojos de su imaginación caían las grandes naciones y nacían las pequeñas que después se hacían grandes y poderosas antes de ser abatidas a su vez. Surgieron también todas las razas y las ciudades habitadas por ellas que se alzaban un instante majestuosas y luego caían por tierra para confundirse con la ruina y la escoria de innumerables generaciones.

Una de estas ciudades entre todas las que existían en ese futuro imaginado por Pao Cheng llamó poderosamente su atención y su divagación se hizo más precisa en cuanto a los detalles que la componían, como si en ella estuviera encerrado un enigma relacionado con su persona. Aguzó su mirada interior y trató de penetrar en los resquicios de esa topografía increada. La fuerza de su imaginación era tal que se sentía caminar por sus calles, levantando la vista azorado ante la grandeza de las construcciones y la belleza de los monumentos. Largo rato paseó Pao Cheng por aquella ciudad mezclándose a los hombres ataviados con extrañas vestiduras y que hablaban una lengua lentísima, incomprensible, hasta que pronto se detuvo ante una casa en cuya fachada parecían estar inscritos los signos indescifrables de un misterio que lo atraía irresistiblemente. A través de una de las ventanas pudo vislumbrar a un hombre que estaba escribiendo. En ese mismo momento Pao Cheng sintió que allí se dirimía una cuestión que lo atañía íntimamente. Cerró los ojos y acariciándose la frente perlada de sudor con las puntas de sus dedos alargados trató de penetrar, con el pensamiento, en el interior de la habitación en la que el hombre estaba escribiendo.

Se elevó volando del pavimento y su imaginación traspuso el reborde de la ventana que estaba abierta y por la que se colaba una ráfaga fresca que hacía temblar las cuartillas, cubiertas de incomprensibles caracteres, que yacían sobre la mesa. Pao Cheng se acercó cautelosamente al hombre y miró por encima de sus hombros, conteniendo la respiración para que éste no notara su presencia. El hombre no lo hubiera notado pues parecía absorto en su tarea de cubrir aquellas hojas de papel con esos signos cuyo contenido todavía escapaba al entendimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el hombre se detenía, miraba pensativo por la ventana, aspiraba un pequeño cilindro blanco y arrojaba una bocanada de humo azulado por la boca y por las narices; luego volvía a escribir. Pao Cheng miró las cuartillas terminadas que yacían en desorden sobre un extremo de la mesa y conforme pudo ir descifrando el significado de las palabras que estaban escritas en ellas, su rostro se fue nublando y un escalofrío de terror cruzó, como la reptación de una serpiente venenosa, el fondo de su cuerpo. ”Este hombre está escribiendo un cuento”, se dijo. Pao Cheng volvió a leer las palabras escritas sobre las cuartillas. “El cuento se llama La Historia según Pao Cheng y trata de un filósofo de la antigüedad que un día se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a pensar en… ¡Luego yo soy un recuerdo de ese hombre y si ese hombre me olvida moriré…!” El hombre, no bien había escrito sobre el papel las palabras “…si ese hombre me olvida moriré”, se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo y mientras dejaba escapar el humo por la boca, su mirada se ensombreció como si ante él cruzara una nube cargada de lluvia. Comprendió, en ese momento, que se había condenado a sí mismo, para toda la eternidad, a seguir escribiendo la historia de Pao Cheng, pues si su personaje era olvidado y moría, él que no era más que un pensamiento de Pao Cheng, también desaparecería.

sábado, 16 de julio de 2016

Con la tempestad de novedades en calma, el verano es buen momento para acercarse a libros que han pasado todos los filtros del tiempo. Abundan, además, la buenas ediciones.

Publicado en Babelia

Ilustración de Fernando Vicente. Fuente: Babelia.

Cualquier repaso a las últimas novedades aparecidas en el apartado de “Clásicos” tiene que encabezarla, con todos los honores, los Cuentos completosde Joseph Conrad. Su traductor, Fernando Jadraque, ha venido traduciendo y publicando los libros de relatos de Conrad y ahora los reúne en un sólo volumen. El suyo es un trabajo esforzado, exigente, llevado adelante con verdadera devoción por el autor. La presente edición consta de siete volúmenes de cuentos, entre los que se encuentran los dos más famosos: Cuentos de inquietud y Seis relatos y tres novelas cortas: El corazón de las tinieblas, Tifón y La soga al cuello. Falta, es cierto, alguna novela corta, como La línea de sombra, pero el conjunto del volumen es soberbio. No es este el momento de analizar la obra de Conrad sino de recordar que es uno de los más grandes novelistas del tránsito del XIX al XX.El tema del honor y el comportamiento es fundamental en la obra de este gigante literario, tanto para ensalzar el heroísmo y la dignidad como para hablar de la expiación. Aventurero desde su juventud, en 1895 se retiró del mar, como el artillero Peyrol, el protagonista de El pirata, y se dedicó a la literatura. Su peculiar inglés, más bien recargado (él era polaco) le concede una capacidad de sugerencia y una precisión expresiva inigualable. Este es un libro necesario, absolutamente necesario.

El siguiente en la lista debería de ser Huckleberry Finn, de Mark Twain. Contiene dos alicientes muy queridos por cualquier buen lector: la aventura y la lucha por la supervivencia, reunidos en la singladura de un humilde muchacho por el río Missisipi en compañía de Jim, un joven negro que desea escapar de la esclavitud. A ellos se añade el inefable Tom Sawyer. El sentido de la amistad está muy presente en esta historia inmortal. Un libro fundacional de la literatura norteamericana contado por un pillastre listo, rápido y curtido en la desdicha.

El amante de Lady Chatterley es el libro más conocido y citado de D.H.Lawrence, Debe su popularidad al proceso por escándalo público y la prohibición de editarlo que le cayó encima de mano de la autoridades que velaban por la moral, pero siendo una excelente novela no es la mejor, no alcanza el poderío de El arco iris yMujseres enamoradas. Contiene todas las obsesiones de su autor: la libertad de sexual, el valor emocional de la pasión, la equiparación de los sexos y la búsqueda de una expresión literaria que pudiera expresarlo todo ello sin tapujos. La escritura de Lawrence es pasional, torrencial, fogosa, incandescente e incluso reiterativa en su afán por expresar las pulsiones del cuerpo lejos de los límites impuestos decoro y el puritanismo tradicional. Un gran personaje femenino.

Ilustración de Fernando Vicente. Fuente: Babelia.

Muy diferente -aunque igualmente cargada de sexo explícito, en este caso abusivamente- es Justine o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade. Muy diferente porque se trata de un autor que teoriza sobre la depravación acompañándose de ejemplos que no ahorran detalle. Justine, una muchacha que defiende su virtud es objeto de toda clase de vejaciones sexuales a las que, sin embargo, su hermana Juliette se entrega con placer. Frente a los límites de la virtud, el apogeo de la inmoralidad. Un anarca del sexo como representación de la ruptura de toda convención. La virtud es castigada; la perversión, premiada. Un clásico inevitablemente aburrido y repetitivo en las escenas de sexo explícito. Un aliciente: el traductor es José Ramón Monreal.

La isla misteriosa, de Julio Verne es la más misteriosa de sus novelas y la mejor junto con Miguel Strogoff. En un estupendo prólogo, Constantino Bértolo, éste dice: “La vigencia de Verne parece avisarnos de que sus sueños siguen siendo nuestros sueños y que sus temores siguen ocupando un lugar de relieve en el registro de nuestros miedos”. Esta novela muestra cómo Verne responde a la genuina figura del Narrador que fijó Walter Benjamin: el que sabe contar y mantenernos en vilo sin otra arma que una misteriosa fascinación por una historia bien contada.

James Boswell dedicó su vida a contar la vida de uno de los más fascinantes personajes que ha dado la literatura inglesa: el Doctor Johnson, un sabio jovial, un gran crítico, extravagante, vividor e inmoderado, autor del primer diccionario de la lengua inglesa: El diario de un viaje a las Hébridas con el doctor Johnson, un libro que cuenta una expedición a la cuna del tweed y los grandes maltas, a la vida sencilla y salvaje de sus habitantes, a la dura e impresionante existencia en este archipiélago situado junto a la costa oeste de Escocia. Una muestra impagable de inteligencia y buen humor.

Un viaje realiza también Lafcadio Hearn, minucioso escritor de gran sensibilidad y no menor calidad literaria, en Un crucero de verano por las Antillas, desde el Mar de los Sargazos hasta el Trópico. Todo el exotismo y la sensualidad antillanas se despliega ante los ojos de un viajero como Hearn, antecedente de los grandes libros de viajes del siglo pasado, que anuncia al comienzo que son sólo notas tomadas durante el viaje, un mero intento “de dejar constancia de las impresiones tanto visuales como emocionales del momento”. Que nadie se fie de esta humilde declaración, el libro es un tratado de belleza natural como pocos se dan en esta vida.

Washington Irving concibió Una historia de Nueva York que no tiene desperdicio. Empleó el truco del manuscrito abandonado en un hotel como pago de la cuenta para atribuir a un tal Knickerbocker la escritura de esta “historia” que no es sino una visión real, poética y divertida a la vez de la ciudad que fuera fundada como Nueva Amsterdam y de su existencia bajo los tres primeros gobernadores neerlandeses. Una delicia.

A época posterior, finales del XIX, en los años de hierro del capitalismo industrial y urbano, pertenece La madre de George, una dolorosa historia de opresión y destrucción del individuo por el medio debida a Stephen Crane, maestro del naturalismo norteamericano, autor de Maggie, una chica de la calle y de La roja insignia del valor, se nos presenta ilustrado por Juan G. Lerma en una bella edición.

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