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sábado, 11 de febrero de 2017

Ilustración de Betty Stroppel. 

Lina Zerón. Poeta mexicana (1959).
De "Vino Rojo".

Llegó el momento de partir
el hogar en dos.
Bien:
comencemos por los rincones donde las arañas
tejieron también su historia.
Hablemos de los muros y sus cuadros.
¿Cuál eliges?
¿El del día de la boda,
el retrato de la niña
o el de vacaciones en verano?
Quiero el antiguo bodegón
para recordar las comidas familiares.

Mira la casa:
permanece ahí de pie
pero sin alma.

¿Con cuál alcoba deseas quedarte?
¿Aquella donde los gemidos
algunas vez fueron música perfecta?
¿O el cuarto azul
donde echó raíces la cuna para siempre?
¿O el jardín
donde todavía se columpian las sonrisas?

Deseo la terraza,
esa roja plataforma de minúsculos ladrillos
donde lluvias y palomas encontraron su refugio,
donde todavía transpiran las estrellas
y no hay sombra que oculte los engaños.

Te regalo los espejos
saturados de susurros, ecos familiares,
desfigurados rostros
que hoy se desangran en reproches.

Pero tienes razón:
tal vez aquí ya nada nos retenga.
A la frontera tal vez llegamos
entre el amor que vacila y las cenizas.

Viéndolo bien,
no puedo partir en dos la casa:
te la regalo toda
con todo y promesas de futuros sublimes.

Como cortinas viejas
te regalo lo que queda:
este cielo sombrío
y este desvencijado viento
que dejaste al cerrar la puerta principal.

martes, 7 de febrero de 2017



Para quienes disfrutamos la música brasileña:
la #diosa Maria Bethânia y Zeca Pagodinho...

#SonhoMeu
Traz a pureza de um samba
sentido, marcado de mágoas de amor
um samba que mexe o corpo da gente
e o vento vadio embalando a flor,
sonho meu, sonho meu...


miércoles, 1 de febrero de 2017

Del poeta cubano Luis Rogelio Nogueras (1944 - 1985).

Allá arriba
las nubes de mi infancia sobreviven.
Gané y perdí.
Amé
y a los treinta años
todavía soy el dueño del mundo.
Día a día contemplo las nubes
y me digo:
sólo el deseo es eterno.

A mi modo soy feliz
al pie del muro blanco
una muchacha me besa.
Sus grandes ojos parecen preguntarme
si nuestro amor va a durar
toda la vida.

Yo sonrío
pero no le digo
que sólo el deseo es eterno.
Cada mañana me miro en el espejo
atrás quedó la primavera
de mi vida
pero soy aún el dueño del mundo.
Y lo seré
mientras allá arriba
no se esfumen las nubes de mi infancia
no se apaguen los viejos deseos.

viernes, 20 de enero de 2017

Adolfo Bioy Casares (1914-1999). Escritor argentino. 

En 1940, Bioy Casares publicó "La invención de Morel". Fue amigo de Jorge Luis Borges y esposo de Silvina Ocampo, con quienes realizó la "Antología de Literatura Fantástica", éxito editorial que no pierde vigencia con el paso de los años. Compartimos en este post "Fragmentos de Memorias" tomado de la Revista de la Universidad de México.

"A mí las buenas noticias me alegran y las malas me desagradan. Creo que soy normal. Sé que una psicoanalista, amiga mía, que durante unos diez años me vio de cerca, dice a quien le quiere oír que soy el hombre más normal que ha conocido. Otra amiga, psicoanalizada, que me hizo algunos reportajes, me dijo que yo parecía un psicoanalizado de los que les había hecho bien el análisis.

Publicar un libro es ofrecerse a juicio público. La publicación de mis primeros seis libros me puso en un dilema. Sobrevivir a la crítica adversa o no escribir más. O tal vez algo peor para alguien como yo que tenía entonces la vida por delante: perder la fe en mi inteligencia. Por suerte comprendí que no siempre un libro equivocado prueba que el autor sea inepto. Muchas veces hay tan buenas y tan atendibles razones para errar como para acertar. Creo que Ramón y Cajal dijo que toda decisión equivale a un salto en el vacío.

Yo sé que tengo una deuda con el público por haberle propuesto seis libros pésimos. La experiencia (no hay justicia en esta vida) en algún modo me resultó benéfica. Me volvió razonablemente insensible a los ataques de los críticos. Además creo que si un crítico señala errores en algún libro mío, el disgusto no me ofuscará y no me impedirá asimilar las correcciones.

Mi madre, que estaba muy orgullosa de sus hermanos Casares, me decía que mis tíos Bioy administraban el campo sentados en las sillas de paja del corredor del casco. Hacia 1937, cuando yo administraba el campo del Rincón Viejo, sentado en las sillas de paja, en el corredor de la casa del casco, entreví la idea de La invención de Morel. Yo creo que esa idea provino del deslumbramiento que me producía la visión del cuarto de vestir de mi madre, infinitamente repetido en las hondísimas perspectivas de las tres fases de su espejo veneciano. Borges en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, me hace decir que aborrezco los espejos y la cópula... Le agradeceré siempre el hecho de ponerme en un cuento tan prodigioso, pero la verdad es que nuca tuve nada contra los espejos y la cópula. Casi diría que siempre vi los espejos como ventanas que se abren sobre aventuras fantásticas, felices por lo nítidas. La posibilidad de una máquina que lograra la reproducción artificial de un hombre, para los cinco o más sentidos que tenemos, con la nitidez con que el espejo reproduce las imágenes visuales, fue pues el tema esencial del libro. Primero creí que podría escribir un falso ensayo, a la manera de Borges, y comentar la invención de esa máquina. Después, las posibilidades novelísticas de mi idea trajeron un cambio de planes. Las circunstancias de que el héroe y relator de la historia fuera un perseguido de la justicia, que la máquina funcionara en una isla remota, que las mareas fueran su fuente de energía, sirvieron al argumento.

Néstor Ibarra observó que nada era arbitrario en La invención de Morel. Eso había sido, exactamente, lo que yo me había propuesto. Comprendí que la crítica de Ibarra era justificada. Porque lograr una historia en que de vez en cuando hubiera elementos arbitrarios, sin que parecieran ociosos, sino que por el contrario dejaran entrar la vida en la obra, era una meta más ardua que la entrevista por mí".

miércoles, 18 de enero de 2017

Foto: V. W. Horton, 1871.

Walt Whitman (1819-1892).

Poeta estadounidense.

Lleno de vida, hoy, compacto, visible.
Yo, de cuarenta años de edad del año ochenta y tres de los Estados.
A ti, dentro de un siglo o de muchos siglos.
A ti, que no has nacido, te busco.
Estás leyéndome. Ahora el invisible soy yo.
Ahora eres tú compacto, visible, el que intuye los versos y el que me busca.
Pensando lo feliz que serías si yo pudiera ser tu compañero.
Sé feliz como si yo estuviera contigo (no tengas demasiada seguridad
de que no estoy contigo).

martes, 10 de enero de 2017


Ana María Shua (1951).
Escritora argentina.

Si nunca me extravié en el jardín de los senderos que se bifurcan es porque fui fiel al antiguo proverbio que exige: en la encrucijada, divídete. Sin embargo, a veces me pregunto, la felicidad, ¿no es elegir y perderse?

domingo, 8 de enero de 2017

Ricardo Piglia (1941-2017). Escritor argentino.
Por Addy Góngora Basterra.
Aunque no tengo nada que lo conste, sé que el 17 de octubre de 2005 terminé de leer “Respiración artificial” de Ricardo Piglia. Debía leerlo como parte de una asignatura de la maestría en literatura. En ese libro conocí a Emilio Renzi y me adentré a la narrativa de uno de los autores argentinos contemporáneos que mucho escucharía a lo largo de los cuatro años que estuve en Buenos Aires. Una de las profesoras nos hablaba de él con tal pasión que a varios nos hizo pensar que era su amante o que algo le debía. Después entendimos que tarde o temprano así nos pasa a todos cuando nos apasionamos por un autor, porque hablamos de él como si nos perteneciera cuando cierta intimidad se entrelaza a nuestra vida.
Los autores, con lo que escriben, se meten a nuestra casa, van con nosotros de viaje, están a nuestro lado mientras la pareja duerme, ocupan un lugar en el bolso, escuchan nuestras conversaciones, atestiguan nuestros domingos y el tiempo libre.
Leer es compañía para la memoria: aunque no sea textualmente, hay párrafos que siguen resonando en nuestra mente con el paso del tiempo.
Leer se trata de hacer nuestras las palabras de otros, palabras que enriquecen nuestras vidas al saber decir lo que pensamos o sentimos, aquello que no habíamos sabido nombrar.
Eso es lo que muchos de nosotros hicimos con Ricardo Piglia.
Han transcurrido casi doce años desde que leí “Respiración artificial” y conservo algunos párrafos que transcribí y que aquí comparto.


  Piglia, Ricardo. Respiración artificial. Seix Barral: 1980. España.


  •   … te escribo porque los años me han fijado los recuerdos como un sarro… (p. 20)
  • ¿Qué es el exilio sino una forma de la utopía? El desterrado es el hombre utópico por excelencia, vive en la constante nostalgia del futuro (p. 26)
  • El exilio es como un largo insomnio (p. 27)
  • La correspondencia es un género perverso: necesita de la distancia y de la ausencia para prosperar (p. 29)
  • ¿Qué mejor modelo de autobiografía se puede concebir que el conjunto de cartas que uno ha escrito y enviado a destinatarios diversos, mujeres, parientes, viejos amigos, en situaciones y estados de ánimo distintos? (p. 30)
  • Ya no hay experiencia, sólo hay ilusiones. Todos nos inventamos historias diversas para imaginar que nos ha pasado algo en la vida. Una historia o una serie de historias inventadas que al final son lo único que realmente hemos vivido. Historias que uno mismo se cuenta para imaginarse que tiene experiencias o que en la vida nos ha sucedido algo que tiene sentido (p. 30-31)
  • Y entonces ahora tendría que seguir escribiéndote hasta la madrugada, una carta que durara toda la noche para estar acompañado (p. 35)
  • Para mí el sueño ha venido a ocupar el lugar de los recuerdos (p. 42)
  • Para encontrarse con la gente que uno quiere hay que dormir (p. 68)
  • Tenemos los recuerdos que nos han quedado del país y después imaginamos cómo será (cómo va a ser) el país cuando volvamos a él. (p. 69)
  • La correspondencia en sí misma ya es una forma de la utopía. Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y, sobre todo, después: al leernos. La correspondencia es la forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible del diálogo. (p. 76)
  • La única tierra que puede tener un hombre es la que recibe cuando lo entierran (p. 78)
  • La literatura no puede tener otra materia que la propia experiencia vivida. (p. 150)
  • Pocos hombres pueden decir lo mismo de sí mismo: que han sido fieles a las ilusiones de su juventud. (p. 155)
Aunque a saltos y por pedacitos, esta es una manera de empezar el 2017 leyendo o, por lo menos, de sembrar antojo por hacerlo.
Publicado en el Diario de Yucatán.


Ricardo Emilio Piglia Renzi nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires, el 24 de noviembre de 1942. “Respiración artificial” fue su primera obra maestra. Murió el viernes 6 de enero de 2017 a los 75 años a causa de las complicaciones generadas por la esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad degenerativa que padecí­a hace años.

sábado, 7 de enero de 2017


Ricardo Piglia (1941-2017). Escritor argentino.
Fragmento del libro "Respiración artificial".

"La correspondencia en sí misma ya es una forma de la utopía. Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y, sobre todo, después: al leernos. La correspondencia es la forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible del diálogo.

(...)

¿Qué es el exilio sino una situación que nos obliga a sustituir con palabras escritas la relación entre los amigos más queridos, que están lejos, ausentes, diseminados cada uno en lugares y ciudades distintas? Y además ¿qué relación podemos mantener con el país que hemos perdido, el país que nos han obligado a abandonar, qué otra presencia de ese lugar ausente, sino el testimonio de su existencia que nos traen las cartas (esporádicas, elusivas, triviales) que nos llegan con noticias familiares?"

Piglia, Ricardo. Respiración artificial. Seix Barral: 1980. España. Pág. 76.

lunes, 2 de enero de 2017

Qué mejor manera que inaugurar el año compartiendo este magnífico relato de Isaac Asimov, escritor ruso nacionalizado estadounidense que hizo de la Ciencia Ficción la pasión de muchos. "Cuánto se divertían" (The fun they had) es una joya literaria que todos debemos leer, más aún en estos tiempos en los que la revolución digital acompaña nuestros días. Asimov nació el 2 de enero de 1920 y murió el 6 de abril de 1992.

Si en tus propósitos de Año Nuevo está leer un poco más, entonces la historia que compartimos es un excelente comienzo 😉

¡Feliz 2017 a todos los seguidores de Letranías!

Addy Góngora Basterra
@AddyGBasterra

Isaac Asimov (1920-1992)

Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió: “¡Hoy Tommy ha encontrado un libro de verdad!”.
Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez que, cuando él era pequeño, su abuelo le había contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel.
Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las mismas palabras que cuando la leías por primera vez.
—Caray —dijo Tommy—, qué desperdicio. Supongo que cuando terminas el libro lo tiras. Nuestra pantalla de televisión habrá mostrado un millón de libros y sirve para muchos más. Yo nunca la tiraría.
—Lo mismo digo —contestó Margie. Tenía once años y no había visto tantos telelibros como Tommy. Él tenía trece—. ¿En dónde lo encontraste?
—En mi casa —Tommy señaló sin mirar, porque estaba ocupado leyendo en el ático.
—¿De qué trata?
—De la escuela.
—¿De la escuela? ¿Qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela.
Margie siempre había odiado la escuela, pero ahora más que nunca. El maestro automático le había hecho un examen de geografía tras otro y los resultados eran cada vez peores. La madre de Margie había sacudido tristemente la cabeza y había llamado al inspector del condado.
Era un hombrecillo regordete y de rostro rubicundo, que llevaba una caja de herramientas con perillas y cables. Le sonrió a Margie y le dio una manzana; luego, desmanteló al maestro. Margie esperaba que no supiera ensamblarlo de nuevo, pero sí sabía y, al cabo de una hora, allí estaba de nuevo, grande, negro y feo, con una enorme pantalla en donde se mostraban las lecciones y aparecían las preguntas. Eso no era tan malo. Lo que más odiaba Margie era la ranura por donde debía insertar las tareas y las pruebas. Siempre tenía que redactarlas en un código que le hicieron aprender a los seis años, y el maestro automático calculaba la calificación en un santiamén.
El inspector sonrió al terminar y acarició la cabeza de Margie.
—No es culpa de la niña, señora Jones —le dijo a la madre—. Creo que el sector de geografía estaba demasiado acelerado. A veces ocurre. Lo he sintonizado en un nivel adecuado para los diez años de edad. Pero el patrón general de progresos es muy satisfactorio. —Y acarició de nuevo la cabeza de Margie.
Margie estaba desilusionada. Había abrigado la esperanza de que se llevaran al maestro. Una vez, se llevaron el maestro de Tommy durante todo un mes porque el sector de historia se había borrado por completo.
Así que le dijo a Tommy:
—¿Quién querría escribir sobre la escuela?
Tommy la miró con aire de superioridad.
—Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años —y añadió altivo, pronunciando la palabra muy lentamente—: siglos.
Margie se sintió dolida.
—Bueno, yo no sé qué escuela tenían hace tanto tiempo. —Leyó el libro por encima del hombro de Tommy y añadió—: De cualquier modo, tenían maestro.
—Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. Era un hombre.
—¿Un hombre? ¿Cómo puede un hombre ser maestro?
—Él les explicaba las cosas a los chicos, les daba tareas y les hacía preguntas.
—Un hombre no es lo bastante listo.
—Claro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro.
—No es posible. Un hombre no puede saber tanto como un maestro.
—Te apuesto a que sabe casi lo mismo.
Margie no estaba dispuesta a discutir sobre eso.
—Yo no querría que un hombre extraño viniera a casa a enseñarme.
Tommy soltó una carcajada.
—Qué ignorante eres, Margie. Los maestros no vivían en la casa. Tenían un edificio especial y todos los chicos iban allí.
—¿Y todos aprendían lo mismo?
—Claro, siempre que tuvieran la misma edad.
—Pero mi madre dice que a un maestro hay que sintonizarlo para adaptarlo a la edad de cada niño al que enseña y que cada chico debe recibir una enseñanza distinta.
—Pues antes no era así. Si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.
—No he dicho que no me gustara —se apresuró a decir Margie.
Quería leer todo eso de las extrañas escuelas. Aún no habían terminado cuando la madre de Margie llamó:
—¡Margie! ¡Escuela!
Margie alzó la vista.
—Todavía no, mamá.
—iAhora! —chilló la señora Jones—. Y también debe de ser la hora de Tommy.
—¿Puedo seguir leyendo el libro contigo después de la escuela? —le preguntó Margie a Tommy.
—Tal vez -dijo él con petulancia, y se alejó silbando, con el libro viejo y polvoriento debajo del brazo.
Margie entró en el aula. Estaba al lado del dormitorio, y el maestro automático se hallaba encendido ya y esperando. Siempre se encendía a la misma hora todos los días, excepto sábados y domingos, porque su madre decía que las niñas aprendían mejor si estudiaban con un horario regular.
La pantalla estaba iluminada.
—La lección de aritmética de hoy —habló el maestro— se refiere a la suma de quebrados propios. Por favor, inserta la tarea de ayer en la ranura adecuada.
Margie obedeció, con un suspiro. Estaba pensando en las viejas escuelas que había cuando el abuelo del abuelo era un chiquillo. Asistían todos los chicos del vecindario, se reían y gritaban en el patio, se sentaban juntos en el aula, regresaban a casa juntos al final del día. Aprendían las mismas cosas, así que podían ayudarse a hacer los deberes y hablar de ellos. Y los maestros eran personas…
La pantalla del maestro automático centelleó.
—Cuando sumamos las fracciones ½ y ¼…
Margie pensaba que los niños debían de adorar la escuela en los viejos tiempos. Pensaba en cuánto se divertían.

Tomado del libro:
Cuentos completos I, trad. Carlos Gardini,
Barcelona, Ediciones B, 2005, págs. 163-166.

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