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viernes, 15 de julio de 2022




Mírala
ahí
en mitad de la calle
sola
quieta

temerosa
de que aparezca el barrendero

soñando
con un poco de viento
para sentirse
nube.

Karmelo C. Iribarren
Twitter: @KCIribarren

lunes, 6 de junio de 2022

 




De Alessandra Racca (Turín, 1979).
Poeta italiana.



Llueve.

Mi madre llora
su no poder ser hija.

Yo lloro
mi no poder ser madre.

Con mi ser hija
ando a los golpes hace tiempo.

«Ustedes mujeres no están
nunca
contentas y están así enormemente
llenas de agua».

Las mujeres en esta habitación
son bellas
tal vez no están nunca contentas,
a veces lloran pero
saben consolar.

Tomo a mi madre en brazos
aunque no es todavía vieja
aunque no es este mi turno
de ser madre de madre.

Pequeña pequeña madre mía
esta noche querría acunar tu llanto.

Mi madre sonríe agua
dentro de sus ojos.

Llueve.

No hay nada más potente que el agua, ¿sabes?
Ni fuego, ni viento, ni terremoto.
Y en un tiempo, se sabe,
la vida empezó a agitarse en el agua.

Llueve y esta habitación está llena de agua:
yo soy aquel pequeño feto
nena
nadaré todo el invierno
naceré en primavera
primero saldrá agua
después yo.

No se preocupen cuando llore.
Llorar sirve para respirar.


Pertenece al libro Poesie antirughe.
Blog de Alessandra Racca aquí.

martes, 31 de mayo de 2022


... el labio de la tierra...


·:·:·:·:·

Aunque he leído poco a Màrius Sampere, siempre que lo encuentro me resulta una revelación. Minutos atrás, «Un día escribí» saltó a mi mesa como un gato dispuesto a enredarse entre mis manos y obligarme a su atención, haciéndome pensar lo siguiente: «Addy, ¿sabes cuál es un buen poema? Aquel que cuando lo terminas de leer, sientes que te corta el paso. Y la respiración».

·:·:·:·:·

sábado, 21 de mayo de 2022

 

Una parte de la biblioteca personal de Cali


A mis cuarenta años voy llegando a John Green —autor de bestseller’s de literatura juvenil— y estoy fascinada.

Todo empezó cuando Cali volvió de Gandhi con «Ciudades de papel» bajo el brazo. El título me gustó. Al cabo de pocos días, le pregunté qué le parecía el libro. Entonces me habló de John Green. Me dijo que, hasta ahora, el título de ese autor que más le gusta es «El teorema Katherine». Que lo leyó por primera vez a las doce años. A saber: Cali cumple veinte en noviembre del 2022. Le pregunté de qué trata. La breve sinopsis que me dio a quemarropa en dos segundos me pareció convincente. «¿Me lo prestas?». En cuestión de minutos Cali me puso uno de sus mayores tesoros en las manos. «Te lo voy a cuidar mucho».

Eso fue el martes en la mañana. Al momento que esto escribo, es sábado al medio día. Lo que quiere decir que entre miércoles y viernes devoré la segunda novela de John Green que la editorial Nube de Tinta publicó en el 2006.

A dieciséis años de publicarse, voy llegando al libro «El teorema Katherine» y estoy fascinada.

Ha sido una caricia encontrar esta historia que el mercado editorial acomoda en su catálogo de «literatura juvenil». Es inteligente, divertida, está escrita con delicia. Los personajes son adorables —quiero que Hassan sea mi amigo— y la actitud del narrador en cuanto a la mente de Colin —el personaje principal— es exquisita. Leerlo es estar en un lugar agradable, hay párrafos para reflexionar, hay otros que hubiera subrayado —si el libro no fuese ajeno—, juegos de palabras para saborear y también guiños literarios, como el que alude a «Los desnudos y los muertos» de Norman Mailer.

Peeeeeeeeeero lo más importante de esta experiencia con John Green, es la siguiente. Es una confesión: me siento abochornada conmigo misma. Tuve, hasta ahora, una idea equivocada de lo que es «literatura juvenil». Este libro, con el que alegremente entro a la bibliografía de su autor (¡quiero leerlo toooodoooooo!), ¡qué bueno que tenga en la mira a gente joven! Me hubiera encantado leer esta historia a la edad de Cali. En cuanto a la generación a la que pertenezco y a las personas que estamos en otros «pisos» de la vida, cuánto bienestar nos traería alternar historias como esta con nuestros hábitos de consumo «normalizados» plagados de violencia, suspenso, ansiedad y todo lo demás… empezando por las noticias y continuando con series a las que a veces dan ganas de poner en «mute» o que nos hacen girar el rostro para no mirar.

En pocas palabras: Lee «El teorema Katherine» de John Green. Serán horas muy bien invertidas.

Así que por eso y más… ¡gracias, Cali!

PS. El fin de semana pasado salimos de viaje en familia. Cali se acompañó de «Ciudades de papel». Mientras leía junto a la ventanilla del avión, Claudia y yo leímos en el Kindle una novela corta —que pronto vendré a comentar— y que nos acompañó el vuelo de ida y el de vuelta. Otro día contaré esa primera experiencia de leer «de a dos» un mismo Kindle.

martes, 10 de mayo de 2022



Wislawa Szymborska (1923 · 2012).
Poeta polaca.

Mujer, ¿cómo te llamas? —No sé.
¿Cuándo naciste, de dónde eres? —No sé.
¿Por qué cavaste esta madriguera? —No sé.
¿Desde cuándo te escondes? —No sé.
¿Por qué me mordiste el dedo cordial? —No sé.
¿Sabes que no te vamos a hacer nada? —No sé.
¿A favor de quién estás? —No sé.
Estamos en guerra, tienes que elegir. —No sé.
¿Existe todavía tu aldea? —No sé.
¿Estos son tus hijos? —Sí.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

 




Luis García Montero (1958).
Poeta español.

Al pasar de los años,
¿qué sentiré leyendo estos poemas
de amor que ahora te escribo?
Me lo pregunto porque está desnuda
la historia de mi vida frente a mí,
en este amanecer de intimidad,
cuando la luz es inmediata y roja
y yo soy el que soy
y las palabras
conservan el calor del cuerpo que las dice.

Serán memoria y piel de mi presente
o sólo humillación, herida intacta.
Pero al correr del tiempo,
cuando dolor y dicha se agoten con nosotros,
quisiera que estos versos derrotados
tuviesen la emoción
y la tranquilidad de las ruinas clásicas.
Que la palabra siempre, sumergida en la hierba,
despunte con el cuerpo medio roto,
que el amor, como un friso desgastado,
conserve dignidad contra el azul del cielo
y que en el mármol frío de una pasión antigua
los viajeros románticos afirmen
el homenaje de su nombre,
al comprender la suerte tan frágil de vivir,
los ojos que acertaron a cruzarse
en la infinita soledad del tiempo.

jueves, 30 de septiembre de 2021

Pablo Neruda con Matilde Urrutia




Pablo Neruda.
Poeta chileno.

Como es duro este tiempo, espérame:
vamos a vivirlo con ganas.
Dame tu pequeñita mano:
vamos a subir y sufrir,
vamos a sentir y saltar.

Somos de nuevo la pareja
que vivió en lugares hirsutos,
en nidos ásperos de roca.
Como es largo este tiempo, espérame
con una cesta, con tu pala,
con tus zapatos y tus ropas.

Ahora nos necesitamos
no sólo para los claveles,
no solo para buscar miel:
necesitamos nuestras manos
para lavar y hacer el fuego,
y que se atreva el tiempo duro
a desafiar el infinito
de cuatro manos y cuatro ojos.

[Del poemario Estravagario].

miércoles, 30 de junio de 2021

 



Carmen Villoro (1958).
Poeta mexicana.

La mañana es un tigre que entra por la ventana. Con movimientos felinos avanza por el piso de la habitación, restriega su lomo rayado contra los muros, sube lento y silencioso por los muebles levantando acaso diminutas polvaredas que brillan a contraluz; husmea los objetos, los despierta del nocturno letargo con su lengua tibia, se tiende, amarillo y perezoso, sobre la alfombra. Su presencia convierte tu recámara en estepa africana y hace que todas las estaciones sean verano.

Tomado del libro «Jugo de naranja».

domingo, 16 de mayo de 2021

 



Eugenio Montejo (1938 · 2008).
Poeta venezolano.

La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
ni siquiera palabras.

Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz. Y despertamos.

martes, 13 de abril de 2021



María Elena Walsh (1930-2011).
Poeta argentina.

Ahora como un ángel apareces
y me rodeas sin decirme nada.
Ángel que yo cuidara tantas veces
sin saberlo, callada.

En todo lo que miro permaneces
como el aire feliz de la mirada.
Me parezco a tu ausencia y te pareces
a mi resucitada.

Porque viniste cuando me moría
a devolverme a vivas caridades;
porque mi noche muda se hizo día

por gracia de tu voz iluminada,
en esta eternidad con que me invades
yo que no era, soy tu enamorada.

martes, 16 de marzo de 2021




Luis García Montero (1958).
Poeta español

Dudas


Vas a ser un perdido.
No me importa.
Me parece más triste
no saber dónde estoy.


Otras dudas


Lo peor
no es perder la memoria,
sino que mi pasado
no se acuerde de mí. 

Tomado del libro "Vista cansada".

miércoles, 27 de enero de 2021

 

Foto de David Díaz.


Eduardo Galeano (1940 · 2015).
Escritor Uruguayo.

Mientras los dioses duermen, o se hacen los dormidos, la gente camina. Es día de mercado en este pueblo perdido a las afueras de Totonicapán, y hay mucho vaivén. Desde otras aldeas, llegan las mujeres, cargando bultos, por los senderos verdes. Ellas se encuentran en el mercado, hoy aquí o mañana allá, en este pueblo o en otro, como dientes que van hacia la boca, y charlando se van poniendo al día, lentamente, mientras venden, poquito a poco, alguna que otra cosa.

Una vieja señora despliega su paño en el suelo, y allí acuesta lo suyo: sahumerios de copal, tintes de añil y de cochinilla, algunos chiles bien picantes, hierbas de olor, un tarro de miel silvestre; una muñeca de trapo y un muñeco de barro pintado; fajas, cordones, cintas; collares de semillas, peines de hueso, espejitos...

Un turista, recién llegado a Guatemala, quiere comprarle todo.

Como ella no entiende, le dice con las manos: todo. Ella niega con la cabeza. Él insiste: tú me dices cuánto pides, yo te digo cuánto pago. Y repite: te compro todo. Habla cada vez más fuerte. Grita. Ella, estatua sentada, calla.

El turista, harto, se va. Piensa: Este país nunca va a llegar a nada.

Ella lo mira alejarse: Piensa: Mis cosas no quieren irse contigo.

Tomado del libro «Bocas del tiempo».


lunes, 11 de enero de 2021



Pablo Neruda (1904-1973).
Poeta chileno.

Ahora me dejen tranquilo.
Ahora se acostumbren sin mí.

Yo voy a cerrar los ojos

Y sólo quiero cinco cosas,
cinco raíces preferidas.

Una es el amor sin fin.

Lo segundo es ver el otoño.
No puedo ser sin que las hojas
vuelen y vuelvan a la tierra.

Lo tercero es el grave invierno,
la lluvia que amé, la caricia
del fuego en el frío silvestre.

En cuarto lugar el verano
redondo como una sandía.

La quinta cosa son tus ojos,
Matilde mía, bienamada,
no quiero dormir sin tus ojos,
no quiero ser sin que me mires:
yo cambio la primavera
por que tú me sigas mirando.

Amigos, eso es cuanto quiero.
Es casi nada y casi todo.

Ahora si quieren se vayan.

He vivido tanto que un día
tendrán que olvidarme por fuerza,
borrándome de la pizarra:
mi corazón fue interminable.

Pero porque pido silencio
no crean que voy a morirme:
me pasa todo lo contrario:
sucede que voy a vivirme.

Sucede que soy y que sigo.

No será, pues, sino que adentro
de mí crecerán cereales,
primero los granos que rompen
la tierra para ver la luz,
pero la madre tierra es oscura:
y dentro de mí soy oscuro:
soy como un pozo en cuyas aguas
la noche deja sus estrellas
y sigue sola por el campo.

Se trata de que tanto he vivido
que quiero vivir otro tanto.

Nunca me sentí tan sonoro,
nunca he tenido tantos besos.

Ahora, como siempre, es temprano.
Vuela la luz con sus abejas.

Déjenme solo con el día.
Pido permiso para nacer.

miércoles, 6 de enero de 2021

Sandra Nikolai ©.
Detalle de la serigrafía «Una tortillita, por favor», 2013.


Por Addy Góngora Basterra.


Fue la maga del pueblo quien le enseñó a Chichuán a montar bicicleta.

—¡Si aprendes, nunca se te olvida! —le gritó corriendo a su lado mientras Chichuán, con ocho años, el cabello despeinado y sin zapatos, intentaba sostener el equilibrio pedaleando.

Con un cortejo de perros, la maga y Chichuán andaban por el túnel de sombra provocado por la copa de los árboles. Era de mañana y ya hacía calor, el sol brillaba en los techos de guano, en el filo de las piedras y en la trenza del cabello negro de doña Erminda, que en ese momento rondaba el patio de su casa.

—¿Cuál de ustedes vendrá hoy a la mesa? —preguntó en tono bondadoso a las plantas de hierbabuena sembradas en cubetas.

Las había de diversas alturas, unas más frondosas que otras. Cerca de ellas había una pala mediana con la que Chichuán debía hacer pequeñas fosas en el patio para sembrar los árboles frutales que su abuela Erminda procuraba.

—Tendrá brazos fuertes —se decía la abuela para justificar su petición cuando veía los esfuerzos de Chichuán, quien apenas podía con la pala.

La maga, cuyos trucos no causaban asombro en nadie, corría atrás de Chichuán, que ya había logrado mantenerse en línea recta entre el camino inestable y empedrado, atravesando la cortina de ladridos que el coro de perros le lanzaba.

—¡Eso, eso, sigue, manténla firme!

Chichuán prodigaba la concentración de quien aprende algo nuevo, hasta que no supo librar la enorme raíz de un flamboyán que le hizo caer a tierra.

—¡AAAAAYYYYY! ¡Aaaaayyy! ¡mi pieee! —gritaba con desesperación y con media bicicleta encima.

Mientras tanto, tras haber visitado a las gallinas y pedirles permiso para llevarse cinco blanquillos, doña Erminda preparaba, en un comal de leña, tortillas hechas a mano. Pronto llegarían sus amores. Era el día de los Reyes Magos, Chichuán se había portado bien, merecía la ansiada bicicleta y sus siempre predilectos taquitos de huevo con hierbabuena.

—Abue, mi pie… —dijo Chichuán con palabras mojadas—. ¡Sálvame abue, sálvame!

La maga del pueblo puso cara de preocupación en un gesto solamente creíble para Chichuán. La corte de perros le movía la cola y le lamía los brazos, la cara, la rodilla, husmeando su cuerpo por los espacios que les dejaba libre la bicicleta.

—Ya veo —dijo la abuela—. Esto es muy grave. Muy grave. Tienes que cerrar los ojos para que la magia sea efectiva.

El pie descalzo de Chichuán estaba atorado en la cadena de la bicicleta.

—Tienes que ser muy valiente, esto va a doler mucho, mucho, pero este truco sí que nunca me falla. A la de tres. Una… dos…tres…

Con un movimiento ágil, la maga alzó la bicicleta con una mano y con la otra liberó como un pez de las redes el pie de Chichuán que inexplicablemente había quedado mordido por la cadena.

—Ya no quiero montar más bici hoy —pidió con ojos de clemencia.

—Pero al rato volvemos a intentarlo —sugirió la maga señalando con la mirada la bicicleta de medio uso que ella misma había pintado de verde limón, como pidió Chichuán.

—¡A desayunaaaaar! —gritó doña Erminda, sacando el cuerpo al portal de su casa—. ¡Huevos con hierbabuena y tortillas recién hechas!

Los perros salieron disparados y fueron los primeros en llegar a la casa. Uno a uno los saludó doña Erminda por sus nombres, sin dejarlos entrar. Maga y aprendiz se miraron decantando antojo, levantaron la bicicleta y rodándola se fueron bajo el túnel de flamboyanes. Sus espaldas se alejaron adornando el paisaje rural.

—¿A ti te enseñaron a montar bici o por arte de magia?

La maga del pueblo sonrió.

—Ese es el truco que mejor sale.

miércoles, 16 de septiembre de 2020



Ana Blandiana (1942).
Poeta Rumana.

Vamos, hablemos
acerca del país de donde venimos.
Yo vengo del verano,
es una patria frágil
a la que cualquier hoja,
cayendo, la puede extinguir.
Y el cielo está tan lleno de estrellas
que a veces cuelgan hasta el suelo,
y si te acercas, escuchas como la hierba
hace cosquillas a las estrellas que ríen,
y son tantas las flores,
que los ojos duelen
deslumbrados por el sol,
y los redondos soles cuelgan
de cada árbol;
de donde vengo yo,
sólo falta la muerte
y es tanta la felicidad
que es como para dormirse.

lunes, 7 de septiembre de 2020



Voy a rasgar
tus recuerdos
y como a piedras
de un dominio
viejo
los iré lanzando
al río
para que de rodar
se vuelvan canto.

María Soledad Ríos. 
Poeta venezolana.

jueves, 27 de agosto de 2020

«Manos de hombre tengo; manos 
para tomar, de las cosas que existen, 
lo que por hombre se me debe, 
y, por lo que yo debo, hacer algunas 
de las cosas que faltan». 


Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013).
Poeta veracruzano.

Poema 15


No me ilusiono, admito, es de mi gusto,
que soy un hombre igual a todos.
Trabajo en algo, cobro
un sueldo insuficiente; me divierto
cuando puedo, o me aburro hasta morirme;
hablo, me callo a veces, pido
mi comida, y a ratos
quisiera ser feliz gloriosamente,
y hago el amor, o voy y vengo
sin nadie que me siga. Tengo un perro
y algunas cosas mías.
En general, no estoy conforme
ni me resigno. Quiero mi derecho,
de hombre común, a deshacerme
la frente contra el muro, a golpearme,
en plena lucidez, contra los ojos
cerrados de las puertas; o de plano
y porque sí, a treparme en una silla,
en cualquier calle, a lo mariachi,
y cantar las cosas que me placen.
También, monumental, hago mi juego
en serio con las gentes,
según las reglas, y reclamo
mis ganancias y pérdidas, y busco
la revancha, o perdono
por generoso o por flojera.
Manos de hombre tengo; manos
para tomar, de las cosas que existen,
lo que por hombre se me debe,
y, por lo que yo debo, hacer algunas
de las cosas que faltan.
Y reconozco que me importa
ser pobre, y que me humilla,
y que lo disimulo por orgullo.
Tú, compañero, cómplice que llevo
dentro de todos, junto a mí, lo sabes.
Hermano de trabajos que caminas
en hombres y mujeres, apretado
como la carne contra el hueso,
y vives, sudas y alborotas
en mí y conmigo y para mí y contigo.

jueves, 13 de agosto de 2020



«Lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, anatómicamente hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas, puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: aprender».

—Marguerite Yourcenar.

domingo, 9 de agosto de 2020

 Punto de vida

“Fire in a box” (2010) de Tanapol Kaewpring (1980).


Por Addy Góngora Basterra.

Desde el 2014 guardo en un disco duro la imagen "Fuego en caja". Buceando carpetas para rescatar un par de archivos, di con ella al inicio de esta semana que termina. La contemplé en el monitor de mi laptop con el mismo asombro de la primera vez. “¿Así es la vida?”, me cuestioné, “¿nos vivimos conteniendo?”, escribí hace seis años en un Word donde anoté algunos datos de Tanapol Kaewpring (1980), el fotógrafo tailandés que concibió esta serie llamada “Proyecto Caja”. No escribí más y hoy tengo curiosidad por lo que no seguí deshilvanando. ¿Cuál habrá sido la reacción inmediata de quien está leyendo tras ver esa imagen imposible?

Más que adorno o retrato, considero las fotografías que conforman “Proyecto Caja” como símbolos de meditación y cabinas de introspección. La serie consiste en cubos de cristal instalados en entornos reales. Dentro, hay furia de la naturaleza confinada, contenida sin poder expandirse. Es el caos y la belleza del orden, lo seguro por controlado, aquello que se torna en paisaje inofensivo por estar interno en una caja de vidrio: “Estas fuerzas de la naturaleza tienen la capacidad de un gran cambio, crecimiento y destrucción —dice la nota del curador de “Proyecto Caja”— y, sin embargo, aún pueden ser controladas por la humanidad. Incluso ellos tienen sus límites. Estos elementos combinados con su entorno representan aspectos de la libertad psicológica. Si somos capaces de pensar fuera de la caja, de romper el cristal que nos rodea, quizás podamos alcanzar la verdadera liberación y felicidad”.

Ha sido inevitable ver las noticias esta semana sin pensar en “Fuego en caja” y en un haiku cuyo autor ignoro: “¿Cómo cabías, oh incendio, en el pequeño vientre de la chispa?”. Me digo “¿Cómo cabías…?” al ver las imágenes del incendio lento que detonó la explosión masiva de Beirut, el descontrol del fuego en el mercado en Emiratos Árabes, el humo escapando por las ventanas del World Trade Center de Bruselas, la explosión en una fábrica de químicos en Wuhan y otra más ocurrida en Corea del Norte. Indago con miedo las noticias, leo titulares por encimita. “¿Cómo cabías…?” lejos de ser hoguera desarmada, encapsulada a orillas del mar.

También en el 2014, simultáneo al encuentro con Kaewpring, tuve el hallazgo de la palabra japonesa “hikikomori”. Significa alejarse y confinarse, refiriéndose a no salir de la habitación —en el caso de jóvenes que viven con sus padres— o de hogares verdaderamente pequeños —quienes viven solos—, acompañados por tecnología, televisión y videojuegos.

El psiquiatra japonés Tamaki Saito fue quien acuñó en 1998 este síndrome de aislamiento social que, para cifras de marzo del 2019, regía la vida de medio millón de personas, tan sólo en Japón. Saito explica que el “hikikomori” no es una enfermedad sino una situación en la que alguien no participa en actividades sociales durante un mínimo de seis meses y reconoce a los “hikikomori” como personas normales que se encuentran en una situación muy difícil. A casi cinco meses de vivir ermitañamente, en una situación… sí, difícil por incierta, con días en los que no tengo ganas de hablar con nadie por teléfono ni ver a nadie por Zoom, dependiente de tecnología, enganchada a alguna serie o distraída en el celular, a seis años de leer “hikikomori” por primera vez, su significado cobra sentido y me ayuda a comprender lo que en su momento no supe.

Cuantos, al vernos forzados a instalarnos indefinidamente dentro de una casa, sentimos la angustia del “hikikomori” porque, en nuestra mente —y resalto “en nuestra mente”—, la vida perdió sentido, creyendo que carecemos de valor porque dejamos de hacer o sentir lo que consideramos eje de nuestra identidad. Como catarinas a las que atrapó la vida bajo una capsulita de cristal, habrá que traspasar el vidrio mental que sentimos que nos limita, porque a diferencia de las cajas de Kaewpring las personas no somos herméticas al exterior. Somos, como esa lumbre, fuerza de la naturaleza contenida y aislada, con capacidad para decidir en el vientre de los impulsos —entre la chispa y el humo— qué ser con la combustión: si el fuego de una hoguera que alivia, cocina, alumbra y acompaña, o fuego de furia y devastación que arrasa violentamente con todo donde pasa.

Publicado en el Diario de Yucatán.

domingo, 2 de agosto de 2020

Punto de vida


Imagen tomada de la cuenta de Twitter del fotógrafo @ChemaMadoz

Por Addy Góngora Basterra.

I


Hará unos diez años que me enamoré de la obra de Chema Madoz (Madrid, 1958) al encontrar el blanco y negro de sus fotografías en un libro robusto e irresistible que no compré. No hay otro libro del que me haya arrepentido tanto… pero al avión o se subía ese hermosísimo armatoste o me subía yo. Me fascinaron sus fotografías que fusionan dos objetos ilógicos entre sí conformando un objeto obvio. Chema logra en sus imágenes lo que otro español, Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), consiguió con el lenguaje en sus “greguerías”, figuras poéticas como estas: “Las almejas son las castañuelas del mar” o “El agua se suelta el pelo en las cascadas”. Para mi consuelo, seguirlo en redes sociales ha calmado hambre y curiosidad por su creación.

Así encontré en Twitter, la semana pasada, una foto de la que no he quitado ojo ni pensamiento. Lo que vemos, ciertamente, es un reloj de pared que pronto marcará la una. Lo que cambia su significado es el elemento que Chema elige para el borde: rieles. Esa imagen es poesía visual que deleita la mente al poner lo cotidiano con algo extraordinario. Me resulta exquisita la caricia al intelecto, a la imaginación, porque me permite mirar desde otra perspectiva la realidad, encontrando inspirador lo que resulta desconcertante.

II


Tras la detonación de ideas generadas por ese reloj tan singular, recordé unas líneas que hace varios años subrayé en el libro “Fuegos” de la escritora Marguerite Yourcenar: “Por mucho que yo cambie mi destino no cambia. Cualquier figura puede inscribirse en el interior de un círculo”. Esa frase la compartí en el blog Letranías el 23 de enero del 2009, y la foto que elegí para acompañarla es de huellas descalzas en la arena, formando una rueda. Pies que se cierran en sí mismos como las poéticas vías que hallé.

Foto: @Solus-Veer Corbis.


Encuentro en el “reloj vía” que resignifica Chema, el tiempo circular; en el “destino redondo” de Marguerite, encuentro al ser circulando en el tiempo. Somos consecuencia de actos y decisiones; eso hace que nuestro destino pueda ir para un lado o para otro, porque uno va en la vía marcando sus propias huellas, dándole la vuelta al día en el reloj, dando en cada cumpleaños la vuelta al sol.

III


¿Y qué es vivir, sino dar de vueltas? Rondamos. Damos vueltas alrededor de algo, de alguien. Escribir también lo es. Se anda en círculos bordeando ideas, poniendo de cabeza el pensamiento como a un reloj de arena. Del mismo modo le he dado vueltas al reloj de Madoz desde que lo vi en Twitter, y así también no deja de darme vueltas Yourcenar desde que la leí, hará dos décadas. Porque eso es lo que siento en esta pandemia, tanto por lo que escucho en conversaciones como por lo que observo: muchos se sienten atrapados en el tiempo de cada día, transitando de la mañana a la noche en una vía que aparentemente no lleva a ningún lugar, que acaba donde termina. Más que el desplazamiento de un lugar a otro, el movimiento que descoloca es el que nos lleva al Yo.

Por eso me resulta interesante la hora que indica el reloj de Chema. Pronto el tren del tiempo marcará la una con sus urgentes manecillas. Dándole la vuelta al título de la columna del domingo pasado, convirtamos el 2020 + 1 en 2020 + Uno, trocando el #1 para darle entrada y alojamiento al Uno como ser. El camino de esas vías es el encuentro al yo, el difícil + Uno que solemos dejar de lado en la ecuación, tan acostumbrados a complacer, proveer y vivir en entornos donde primero están los otros.

Dará la una en esa figura que se inscribe al interior del círculo, inmersos sin escapatoria en la periferia que nos empuja a desesperarnos, buscarnos y encontrarnos, a vernos irrefrenablemente la cara en el espejo hasta el revelador instante donde encontremos, que en ese destino y aparente camino sin paraje, somos y hemos sido nuestro mejor andén.

Publicado en el Diario de Yucatán.

Addy Góngora Basterra

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