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jueves, 26 de mayo de 2016

Sobre la responsabilidad


Por Julia Mortera.

Hice trampa a los siete años. No recuerdo entender “hacer trampa” como un engaño, sino como un camino fácil para conseguir una buena calificación. Aunque era pequeña recuerdo que había enfermado el día que mis compañeras de salón tomaron el examen de inglés, y yo debía presentar la prueba días después. Esa mañana mi maestra, alta, delgada, con el cabello crespo y alborotado, me dejó el examen de inglés en mi pupitre, mientras calificaba la tarea de mis demás compañeras. Yo no había estudiado el vocabulario por disfrutar, en mi malestar de niña de siete años, de los dibujos de la televisión. Y así, mientras el salón era una sala de juegos de pareja, mientras Griselda —la maestra— se concentraba en calificar la tarea de mis compañeras, noté la ocasión perfecta para que, desde debajo de mi pupitre amarillo y dentro de mi cajón metálico en forma de canasta, deslizara la libreta de inglés del primer año salón “a”, que resguardaba el vocabulario entero de las partes de una casa. No podía haber mejor ocasión, así que abrí la libreta, la coloqué en mis piernas, y comencé a responder.

Recuerdo haber pensado “¡Qué fácil! No estudié y me sacaré un diez”. Estaba tan concentrada en copiar que no me di cuenta de nada de lo que pasaba a mí alrededor. De pronto, de la nada, dos puños golpearon mi pupitre y me tembló todo el cuerpo. Me sentí chiquitita y aterrorizada por el incidente, de la nada el bullicio de mis compañeras se apagó y la voz enardecida de mi maestra me dejó congelada. Griselda se había convertido en un monstruo de dos cabezas, con serpientes en el cabello rizado, casi tan alta como el techo. Con una voz grave que hacía eco en mis oídos, me gritaba. No recuerdo bien sus palabras porque solo podía verla enfurecida. Ni siquiera recuerdo haber visto a mis compañeras, solo me sentí minúscula frente a ella, avergonzada, asustada. La “Teacher Griselda” tomó de su bolsillo un bolígrafo, ¿por qué son siempre los de tinta roja los que amenazan con un castigo? —Eres una tramposa —gritaba. —¿Sabes lo que te mereces? ¡Un cero! —y sobre mi hoja de papel reciclado, trazaba con la fuerza de su furia, un óvalo perfecto.

Era la última clase del día. Y aún no se por qué, mi mamá apareció. Era maestra de inglés en preescolar en la misma institución. Tal vez quería cerciorarse de que pronto terminara para ir a casa. Como fuese, ver a mi madre enmarcada en el umbral del salón de clase, fue el peor de los castigos. Ahí estaba ella, no sé por qué, en el momento exacto en el que la autoridad de aquel salón me reñía por tramposa.

Mamá no me reprendió frente a la maestra ni frente a mis compañeras. Solamente me llevó a casa, en silencio. No recuerdo que haya dicho nada en la comida y tampoco recuerdo que mis hermanos estuvieran presentes. Quizá porque me sentí sola. Conforme fue avanzando la tarde recuerdo haber pensado: “¡Qué bien! Mamá me quiere tanto que no me castigará más”.

Debían de ser las seis o las siete. A esa hora solía llegar papá de trabajar. Como lo hace aún, suele cambiarse la ropa y recostarse a ver televisión. Minutos después, me mandaron llamar. Yo entré cabizbaja a resguardarme detrás de mamá, con cara de perro arrepentido y la cola enrollada como un cochino. Mamá, me sacó detrás suyo y me puso frente a ambos. Entonces, rompió el silencio: “Anda, dile a tu papá lo que ha pasado hoy”.

Entonces volvió el llanto y la vergüenza. Cuando tienes siete años, la máxima autoridad son tus padres, y saber que tenía que reconocer ante ellos que había hecho trampa, era más doloroso que quedarme sin ver dibujos durante un mes. No sé cómo les dije, pero recuerdo implorar por perdón como un preso a su reo. Aún puedo ver a mis padres recostados en la cama, con toda su atención en mí, que me escondía debajo de los gabinetes de madera de la esquina de aquella recámara. Fue el peor día de aquel año.

Papá, no me pegó. Mamá, no me gritó. Solo recuerdo que me preguntaron por qué había decidido hacer eso. No pude responderles porque no sabía cómo. Lo que sí recuerdo es que me dijeron algo así como que yo era una niña lista y que no necesitaba hacer trampa para conseguir una buena nota, que tenía que estudiar duro para demostrarme que yo podía conseguir la nota que quisiera, sin hacer trampa. Papá pregunto sobre mi próximo examen y me mando a estudiar. Era de “Historia de México” y de cómo se había fundado Tenochtitlán.

Volví, una semana después. Con un diez perfecto en tinta verde y una nota de felicitación de mi maestra. Mis padres no me hicieron una gran fiesta, ni me premiaron por ello, pero yo sentí una satisfacción que nunca ningún otro diez, me hizo sentir en la vida.

Y pienso, en torno a esta historia, en la gran lección de responsabilidad que mis padres me dieron a mis cortos siete años. Pienso, que con ese incidente me enseñaron a valorar el resultado de la consecuencia de mis actos, sin señalarme o decirme que una cosa estaba bien y otra mal, me sembraron el sentido de la conciencia y la confianza en que el resultado del trabajo duro es la satisfacción. Pienso en la marca que dejó en mí ese acontecimiento marcado por el silencio y en los medios que ellos siempre eligieron: escuchar y hablar, antes de gritar y ofender.

Desde mi pequeñez, en aquel rincón, me dieron voz, aún sintiendo miedo, y aún sabiendo que tendría consecuencias dolorosas. Aquel día busqué protección detrás de la falda de mi madre. Ella me sacó de allí indicándome que la mejor manera de salvaguardarme era forjar mi integridad. Mi padre, por su parte, cimentó en mí ese espíritu de lucha, que aún continuo edificando.
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