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jueves, 11 de agosto de 2016

Migrantes somos y en el camino andamos

"Los Migrantes" de Andrés Montesanto.
Se encuentra en la Terraza del Muelle Uno en el puerto de Málaga.
En los laterales de la escultura se puede leer "Emigrados" e "Inmigrantes".

Por Julia Mortera.

Pensando en Estela Guzmán y Andrés Silva. Increíbles seres humanos.


Tengo en la mano una cámara de video. Llegamos a una casa de techos de palma. Una mujer se levanta de su hamaca, la hemos despertado de la siesta. Observo mientras escucho una lengua que no entiendo. Mi interlocutor me indica que está lista. Enciendo la cámara, enfoco a la mujer de menos de 1.50 metros de estatura y cabello cenizo. No sonríe. Es diminuta en el encuadre. Le pido a mi interlocutor que le diga a la señora que estoy lista. REC. Grabando.

No habla. Solo mira fijamente el lente de la cámara. No se mueve ninguna de las palmas de la casa. Firme se mantiene frente a mí por más de un minuto. Un silencio cae en todo nuestro entorno. Yo miro a mi interlocutor con confusión, con la mirada le vuelvo a decir: “anda, dile que estoy lista”; pero él me mira sonriendo, como diciendo “dale su tiempo”.

Un quejido rasga el silencio. Del dolor de su interior surge una voz que se quiebra. Los brazos se levantan y se extienden, como queriendo tomar de mi cámara de video a esa persona a quien le habla en esa lengua que no comprendo. No sé lo que dice, pero su voz, su mirada, sus manos estiradas desde aquella postura congelada, me estremecen. Le habla a un hijo que se fue hacia un país del norte, a un hijo que no ve hace más de doce años, a un hijo que se hace presente en los alimentos de las comidas del día que son posibles por el cambio de divisas.

De un latigazo la mujer detiene el mensaje. Vuelve a congelarse en postura firme, aún mirando hacia la cámara. El silencio nos envuelve otra vez. REC. Dejo de grabar. Mi interlocutor se acerca a darle la mano y a decirle algo que asumo como una despedida y un agradecimiento. La mujer me levanta la mano en signo de despedida. Le sonrío.

Mientras ella vuelve a su hamaca, nosotros subimos al coche. Mi interlocutor y yo nos sentimos abrumados. Hay un lenguaje universal que no necesita de traducciones: el de las emociones.

II 


Elizangela lleva horas esperando para entregar la documentación que le dará legalidad en un país que no es el suyo, con esto espera recibir el permiso que le otorgará derechos en un lugar del mundo en el que no nació. Ésta es la cuarta vez que visita la dependencia. La primera vez fue a pedir información sobre la documentación a presentar. La segunda vez fue a presentar la documentación que le solicitaron en la primera visita; llegó una hora antes de la apertura para tomar un turno, esperó seis horas para que, cinco minutos antes de las dos de la tarde, una señora le cerrara la ventanilla en la cara y le dijera: “vuelve mañana, hemos terminado la jornada”. La tercera vez llegó tres horas antes de la apertura de la dependencia, tuvo suerte para ser atendida, solo para enterarse que los documentos no contaban con el sello especial del cual no le informaron en la primera visita. Ésta es la cuarta ocasión y estoy junto a ella, en mi segunda visita a la misma dependencia. Me cuenta lo ocurrido y me sorprendo, especialmente por su entusiasmo y su sonrisa. La cuestiono, le pregunto por qué no dijo nada, por qué no se quejó, por qué no reclamó. Con su español, marcado por un acento rumano me explica que de haberlo hecho sería peor, entonces le pondrían más trabas, le darían más largas, le informarían la mitad de las cosas, la mirarían con más supremacía, harían lo posible por postergar sus derechos. Ambas nos miramos con entendimiento. Aún así, con indignación le digo que aquellas personas tendrían que irse de su tierra para ser un poco más empáticos y respetar más el tiempo y la integridad de quienes somos ciudadanos del mismo mundo. Ella, sonriendo me mira de nuevo con fuerza para decirme: “no tienen el coraje”.

III 


Andrés es mi amigo. Compartimos nuestro idealismo por vivir en un mundo más justo. Somos soñadores y, como soñadores hablamos de lo que amamos de la vida y lo que despreciamos de los hombres. También hablamos del camino y de lo difícil que a veces resulta recordar que somos seres humanos; ambos evitamos convertirnos en seres sin razón ni emoción.

Nos hicimos amigos hace tiempo, cuando yo desconocía a dónde iba a llevarme la vida. En nuestras conversaciones solía decirme: “Migrantes somos y en el camino andamos”. Lo decía porque, para los dos, la vida ya era un constante ir y venir, un constante empezar de cero, un constante hola y adiós. Decir ese “mantra” era una óptica para entender que la vida “da muchas vueltas” y que mañana podríamos ser aquella persona a quien no le tendimos la mano; decir “migrantes somos” era, y aún es, asumirnos como seres dispuestos a buscar mejores condiciones y oportunidades para conquistar nuestros sueños de soñadores; es entender la palabra “migrante” como un sinónimo del ser humano que lucha para alcanzar su felicidad, aunque implique tener que dejar atrás. “En el camino andamos”, porque así es, todos los días, todos nosotros, emprendemos un camino, hacia un trabajo, hacia una escuela, hacia un pueblo, hacia un lugar… andamos por las diferentes calles de las miles de ciudades, de los cientos de países que conforman un mismo mundo que es redondo.

Hace mucho que no veo a Andrés, pero por nuestra natural condición migrante, sé que lo encontraré de nuevo para compartir nuestros sueños de soñadores, hablar de nuestras experiencias por nuevos caminos, con nuestro corazón más ensanchado, para luego despedirme de nuevo con la certeza de que quien se va, se queda para siempre… “Migrantes somos y en el camino andamos”.

IV 


Soy del país de los extranjeros
de los huérfanos de patria
a los que miran raro porque hablan distinto
de los “sin papeles”, de los “friega platos”.

Soy del país de los extranjeros
de los que viven en nostalgia
de la música que les remite a casa
de los que cargan en maletas esperanza por volver.

Soy del país de los extranjeros
de los que hablan otras lenguas para poder comer
de los que buscan un rincón tranquilo para soñar
de los exiliados, de los perseguidos.

Soy del país de los extranjeros
soy Israel y Siria
soy el aliento del niño ahogado en el Mediterráneo
soy la piel abierta de la mujer en el desierto mexicano
soy el moro entre cristianos,
el mojado, la sudaca, la gitana.

Soy del país de los extranjeros
aquel que no tiene limites geográficos
que no conoce entidades federativas
aquel que existe y se conforma
con la población del mundo.

Soy del país de los extranjeros
de los que en silencio gritan “¡Soy tu misma especie!”
y mis oídos sienten el desprecio en tu voz
y mis ojos ven tus muecas por el olor de mi cansancio
y tengo hambre y tengo sueños
y quiero una vida digna como la tienes tú.

Soy del país de los extranjeros
y tengo, como tú, habitante de otro país
amor por una madre y un hermano.
¡Extraña especie con razas y sin razón!
doliente género constructor de estrechos.

Soy del país de los extranjeros
tenía una casa que fue destruida por bombardeos
y mis niños tenían jardines que hoy son escombros
en un lugar del que tú también habrías huido.

Soy del país de los extranjeros
y vivo en la voluntad de pocos hombres y mujeres
que alzan por mí su voz
que no miran el color de mi piel
y que luchan por mis derechos sin conocerme.

Soy del país de los extranjeros
y diviso una estela de esperanza en el camino
en el trabajo de esos cuantos habitantes de otros países
que miran en la profundidad de mis ojos de extranjero
la misma condición de humanidad que todos compartimos.

· juliamortera74@gmail.com ·
 

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