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jueves, 22 de enero de 2009

Kodama vuelve a Ginebra de la mano de Borges

En la ciudad suiza se realiza una muestra en homenaje al escritor; un recorrido por los sitios más frecuentados por el autor de El Aleph



Fotografía de Susana Reinoso
Por Susana Reinoso.
Enviada especial


GINEBRA.- Jorge Luis Borges escribió en Atlas, un volumen creado con sus textos y las fotos que María Kodama tomó a lo largo de sus viajes compartidos, que "Ginebra no es enfática". Lo dijo comparándola con otras ciudades de personalidad rotunda: "París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, pero Ginebra casi no sabe que es Ginebra".

Lo que Borges quería decir es que, habiendo conocido esta ciudad cosmopolita lo más descollante del pensamiento calvinista y el francés, Ginebra hace gala de una austeridad evidente. Y, como subrayó el autor de El Aleph, "las grandes sombras de Calvino, Rousseau, Amiel y Ferdinand Hodler están aquí, pero nadie las recuerda al viajero".

La relación de Borges con Ginebra -ciudad en la que estudió siendo joven- fue tan especial como la que mantuvo con su mítica Buenos Aires, cuya fundación se le hacía cuento. Por la capital suiza expresó un respeto despojado de exclamaciones: "Se ha renovado sin perder sus ayeres. Perduran sus campanas y sus fuentes, pero también hay otra gran ciudad de librerías y comercios".

Borges y Kodama frecuentaban la Vieille Ville (ciudad vieja), cuyas callecitas empedradas en altura envuelven al visitante en el aire de otros tiempos. Hay algo que confunde en esta ciudad que, en pleno invierno, parece hecha de hielo y de viento. La bise, cuando sopla, corta las palabras y el aliento. Su diseño laberíntico parece especialmente pensado para los que quieren perderse. Y para los que quieren reencontrarse también, pues cada pasadizo tiene siempre una salida.

María Kodama se arrebuja en su abrigo de piel y recuerda a Borges, de quien dice: "Le gustaba el frío y el hecho de que los grandes nombres del pensamiento hubieran pasado por esta ciudad. Admirada el orden y el respeto que hay aquí. Cuando era joven y estudiaba aquí, lo marcó la solidaridad de los ginebrinos con los refugiados de la Gran Guerra".

El viaje que prosigue

LA NACION recorrió la Vieille Ville con Kodama, de visita en Ginebra para la inauguración de la muestra "El Atlas de Borges", que permanecerá aquí hasta febrero próximo.

El itinerario incluyó algunos de los sitios que Borges frecuentaba, hasta su última morada en Plainpalais, el cementerio de reyes y notables donde el creador de Ficciones está sepultado, en la tumba 735, junto a un sendero de piedra, hoy escarchado y cerrado al público por precaución.

En Plainpalais yacen los restos de Jean Calvino, el gran reformador, y del compositor argentino Alberto Ginastera, otro hijo dilecto de Ginebra.

En la Vieille Ville, donde la Grand Rue se cruza con la rue Saint Pierre hay un sitio acogedor, el Café del Hotel de Ville, visitado muchas veces por Borges. Allí tuvo lugar la charla de la presidenta de la Fundación Jorge Luis Borges con LA NACION.

"Regresar a esta ciudad es como volver a viajar con Borges y revisitar los lugares que él conocía de memoria. Tanto así, que cuando algo cambiaba en la arquitectura de la ciudad, lo advertía de inmediato. Era sorprendente", dijo Kodama.

En la Grand Rue esquina rue du Sautier, justo a la altura en que la arteria principal se pronuncia en la subida, hay una placa que dice: "En el 28 de la Grand Rue vivió el escritor Jorge Luis Borges, 1899-1986". Y, de inmediato, las palabras del más universal de los argentinos sobre Ginebra: "De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad".

La placa es un homenaje de la ciudad a un escritor que reconoce como propio. Tanto así, que en el popular barrio de Charmilles, donde hasta hace poco tiempo abundaban los ateliers de jóvenes artistas plásticos, Borges tiene una calle con su nombre. El autor de Los conjurados decía que le debía a Ginebra la revelación del francés y el latín, del expresionismo, de Schopenhauer y de Conrad, de la doctrina de Buda y el taoísmo. Y a todo ello, le agregaba la nostalgia de Buenos Aires.

El año último, la Fundación Martin Bodmer compró dos manuscritos excepcionales del escritor argentino, autografiados por Borges. Se trata de ´Tlön, Uqbar, Orbis Tertius´, un texto de 26 páginas de su libro Ficciones (1940), y un cuaderno con tres ensayos literarios. Por los manuscritos, la Fundación suiza pagó 240.000 euros.

A escasos metros de la Catedral de Saint Pierre -otro punto del derrotero por la Vieille Ville -, cuando la Grand Rue se abre, está la Librería Jullien, visitada por Borges en cada viaje. La atmósfera es recoleta y aunque su obra no se consigue allí, sí hay ensayos sobre el escritor argentino. En la Catedral aún se conserva la silla de Calvino. Allí se celebró el oficio religioso por la muerte de Borges, que duró dos horas, recuerda hoy Kodama.

El itinerario concluyó en Plainpalais, testigo de la Edad Media, donde yacen los restos del escritor argentino. El 14 de junio de 1986, cuando murió en el segundo piso de la casa de la Grand Rue, Borges aún escribía. Una corona de flores amarillas sin firma, entre las que rodearon su tumba, tenía una leyenda: "Al más grande forjador de sueños".

Algo en Kodama se resiste a volver al cementerio de Plainpalais. Quizá sea el temor que la asaltó cuando Borges murió, según consta en las crónicas de hace 22 años: que su cuerpo se convirtiera en un objeto.



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