Reflexiones mundialistas de Liz, Tere y Addy, hermanas en bandera. Julio, 2026
Desde el estadio
Escrito por Liz Góngora Basterra
Decretar que las cosas sucedan favorablemente siempre ha sido lo mío. Me gusta pensar positivo y visualizar escenarios buenos, bonitos y agradables. Obviamente no siempre se cumple, pero esas ideas me hacen tomar acciones que me acercan a una realidad parecida a la que imaginé. El chiste es tener la capacidad de identificar las oportunidades y adaptarse a lo que depare el destino. Tal vez eso siente la Selección Mexicana de fútbol que está haciendo historia en la Copa del Mundo 2026.
¿Y qué creen? Aunque esto sí que no lo decreté ni visualicé, tuve la fortuna de estar en el partido de México contra Ecuador en el Estadio Azteca, sí ¡AZTECA!, aunque le hayan cambiado el nombre.
¡Qué partido! ¡Qué locura! ¡Qué gran afición somos!
En mi familia, especialmente la materna, el fútbol se vive, se sufre, se entiende y se respeta. Cuando por fin logré entrar al estadio y vi por primera vez el campo, pensé en mi abuela Carmelina; la pude ver en su mecedora, sintiéndose más mexicana que nunca, lista para ser directora técnica desde el lugarcito donde solía sentarse a un costado de su TV en la sala.
Ver jugar a la Selección Mexicana como anfitrión de un mundial y ganar anotando dos goles, que para los expertos fueron espectaculares, es una experiencia que voy a recordar toda mi vida, fue un regalazo. ¡Siento que fui a terapia! Grité, dejé la voz ahí, canté, aplaudí, me mordí las uñas, lloré, abracé a conocidos y desconocidos que ese día fueron mis amigos y hoy tengo ya como contacto en mi celular.
No sé de qué manera describir lo que se siente un gol de nuestro equipo en ese estadio inmaculado e imponente. Sólo sé que todo era alegría y que me permitió creer que todo es posible si trabajas duro y te aferras en concretar, como lo ha hecho esta selección ganando el partido.
Cantar el himno nacional con más de ochenta mil personas te hace llorar. Corear «Dale dale dale México, dale dale dale México, daleeeeeeeeeee Mé-xi-co» energiza cada célula del cuerpo. Gritamos «¿Y si sí?» todas las veces necesarias para que «retiemble en su centro la tierra» y la Selección Nacional sienta que todo es posible porque creemos en ellos.
Y es que es eso… hay que creer que es posible para crearlo.
Estar en el estadio fue más que vivir un partido de fútbol. Fue ver que si podemos convivir como mexicanos respetuosamente, que podemos escucharnos y unirnos en una sola voz con esperanza. Somos una gran multitud con un mismo sueño.
Ojalá nuestro país y su gente actuará siempre con la alegría, la unión, la solidaridad y el respeto que viví en el estadio el 30 de junio del 2026. Si todos los mexicanos nos tratáramos unos a otros como cuando festejamos nuestros goles, el país sería el mejor lugar para vivir. Ojalá no lo olvidemos y la lección sea aún mayor que sólo obtener la copa del mundo, misma que verdaderamente creo que nuestra joven y aguerrida selección podría ganar.
Tal vez no decreté ir al partido, pero sí pienso que no fue casualidad ni suerte haber sido invitada; fue una recompensa a mi desempeño, fue el reconocimiento de alguien que me ha visto trabajar y ponerme la camiseta en mi trabajo, y fue por ese esfuerzo de cada día que me consideró como su invitada al estadio, a ponerme la camiseta: ¡La verde!
Qué fortuna, qué alegría y qué gran momento he podido vivir.
Bucket list, checked!
Tiqui tiqui. Tiqui Tiqui. Tiqui Tiqui
Son las seis de la mañana y la alarma me da la pauta para salir de la cama. A diferencia de otros días me apresuro a entrar a WhatsApp. En la madrugada, mientras dormía (vivo en España desde 2016), México jugó su tercer partido contra Ecuador. Para nuestra familia no ha sido un partido normal. Liz, mi hermana, ha cumplido el sueño de estar en las gradas viviendo el encuentro. Así que el Tiqui Tiqui, por lo menos hoy, ha sido bienvenido. Quiero saber, quiero la alegría matutina, quiero que lo primero del día me lleve por el trayecto cotidiano con una dosis generosa de ilusión.
Así que entro al grupo de Whats de mi familia y no hay mensaje. Buena señal. Se olvidaron de avisar por la alegría. Así que confirmo mi teoría consultando el resultado con Google: ¡Ganamos, 2-0!
—¡A huevo! —exclamo para mis adentros.
Hoy el Tiqui Tiqui no se pospone. Voy directo al clóset y veo la camiseta de mi Selección. Si hubiéramos perdido ayer, me la habría puesto igualmente. Pero los dos tiros a gol me llevan a arreglarme, cantando.
En España hay un refrán. Se usa para expresar que una persona va guapa de más. Dicen: «Tienes el guapo subido». Y yo tengo a todos los guapos y guapas de México subidos a mi hoy. En el reflejo del espejo observo el escudo de mi nación, veo el águila con las alas extendidas e imagino esa primera estrella en su centro superior. ¿Qué hay de malo en soñar?
En máximo vuelo me voy por la nubes a trabajar. 🎶 Oeeeee oeeee oeee oeeeeeeee 🎶 . Entro a mi espacio de trabajo cantando. Avanzo por el día altanera, preciosa y orgullosa. La sonrisa se me extiende y desdobla. A quien me pregunta o se alegra por nuestro humilde e invicto progreso, simplemente le digo con el puño en alto:
—¡Ganamos! ¡Avanzamos!
En mi jornada laboral tengo una tentación tremenda de ver por Instagram a los mexicanos celebrar. Ay mamacita, de verdad que los mexicanos estamos por todo el mundo.
Como tantas otras singulares nacionalidades, ¡cuánto hemos dado a los rincones a los que —por el motivo que sea— hemos decidido mudarnos! Creo que por eso quiero ver las celebraciones. También creo que por eso —aunque no soy una gran futbolera— me gusta tanto la Copa del Mundo del Fútbol. Por eso y porque en el hogar mexicano, el mundial es ritual y casi casi religión.
En México, y fuera de él, muchos de nosotros soñamos. Deseamos. Anhelamos el néctar del triunfo. ¿Puede mi país alcanzar la gloria? ¿Será que sí que influye en la motivación ser país anfitrión? ¿Y si sí es posible que la energía del Estadio Azteca nos dé la fuerza para trascender la pasión que sentimos, para tener la mente fría propia de la concentración que se necesita para vencer a los respetadísimos rivales que nos aguardan?
Ya sabemos que nuestra próxima batalla campal será contra Inglaterra. La sangre mexicana combatirá el liderazgo de un titán llamado Kane que está kaaaaaaneeeeeeón. ¿Podrá el liderazgo de Aguirre gestionar la expectativa de esos muchachos que nos representan y guardan en sus cuerpos el deseo de millones de personas que retiemblan en sus adentros por la posibilidad de llegar a la final, de ser merecedores de levantar la copa y levitar?
Si le ganamos al kaneeeeeeeonsísimo Kane y a su equipo, habremos llegado más lejos de lo que hemos hecho nunca en esta competición. Y entonces sí, se nos va a ir de las manos. Oficialmente nos coronaremos como campeones de las mejores celebraciones del mundial. Porque sabemos bien, que en el fútbol como en la vida, igual y mañana no tenemos motivos por los cuales celebrar y que por eso hoy, hoy dejamos todo por el encuentro familiar, los gritos pelados y liberadores, la alegría compartida de los amigos, el romper la rutina y hacer de una cita con el esférico, un momento estelar.
El próximo partido volverá a ser en madrugada para mí. Cuando el Tiqui Tiqui me vuelva a dar la pauta para salir de la cama, me apresurare a ver el resultado. Si el marcador resulta como un tercer tiro a gol, entonces querré salir corriendo, querré salir a la calle eufórica, iré pletórica a buscar la camiseta de mi Selección en ese estado que sublima la pertenecía a la patria en la que uno nace, se hace y de la que nunca puede desarraigarse. Conduciré al trabajo con un Penacho de Moctezuma imaginario y será difícil que alguien pueda sacarme de la idea de volver a decir, aún con más orgullo:
—¡Ganamos, hemos llegado más lejos que nunca antes en el mundial!
Y si por lo que sea, me despierto con la noticia de que nuestro camino en este mundial ha llegado a su fin, me pondré la camiseta igual. Iré a trabajar con todos los guapas y guapos mexicanos subidos a mí desde que me convertí en extranjera, y me sentiré como me siento desde hace diez años, como una integrante mas de la selección mexicana en el mundial de la vida, que va por ahí demostrando que los mexicanos somos mucho más que pasión desenfrenada, mucha más que esa mala reputación que nos ha dado el narcotráfico y la corrupción. Reivindicaré —como el primer día— que somos ilusión, alegría, unión familiar; somos esfuerzo, trabajo duro, energía milenaria, mestizaje, orgullo y mucha conciencia de que lo único que tenemos es el aquí, el ahora, la importancia de hacer del hoy un fiestón.
¿Llegaremos a la final? Por ahora, lo sabrá Dios. Pero yo ya me vi, jugando la final contra España. Y ya me vi… llorando. La doble nacionalidad me duplica la posibilidad de experimentar qué se siente ser campeón en una Copa Mundial. Si gana España, genial… pero si gana México… y si sí que conseguimos la estrellita sobre el escudo nacional, agárrense… que la bikina se me va a quedar cortita. Pasaré luciendo mi orgullosa nacionalidad, me pondré la bandera como capa durante un mes y no habrá quien pueda bajarme a las guapas y a los guapos en los próximos cuatro años.
Tiqui tiqui. Tiqui Tiqui. Tiqui Tiqui
Quizá mañana me despierte de la ilusión. Pero ninguna alarma me arrancará de la auto adjudicada responsabilidad de representar a México como un país ganador en generosidad, imaginación, responsabilidad, espíritu de superación y amor. Ese amor que por lo menos en mi equipo familiar hace que yo sea el tercer tiro a gol.
Después de todo, ¿a dónde… a dónde vamos sin pasión?
Soy una televisión. Esta es mi voz para contarles qué pasa cuando dejo de ser un espejo negro y la pantalla se ilumina con el verde deslumbrante de la cancha de futbol. Con la energía colectiva que une y ennoblece, mi monitor plano se siente «inflamado en amor por los balones», como lo escribió el poeta español Miguel Hernández, cuando me convierten en estadio particular y palco VIP en la sala de este hogar.
Disfruto deleitar a la familia, especialmente a la señora que ahora es abuela, a quien he visto conmovida y apasionada (tan seria y formalita que parece) desde el día de la inauguración. El futbol es una herencia intangible de sus padres, compartida en ADN con sus tres hermanas y seis hermanos, extendida a sus hijas y sobrinos. Su nieto, un niño de cuatro años que frecuentemente quiere ver en YouTube algo de Blippi, Disney o Pixar, esta vez pide algo diferente:
—Quiero ver a mi mamá. ¿En dónde está? —pregunta mirándome fijamente desde su pequeña altura, mientras la cámara hace un paneo por las gradas del Estadio Azteca.
—Yo también quiero verla —responde su tía desde el sofá—. Imagínate que, entre toda esa gente, tu mamá está cante y cante.
La abuela y la tía se miran deseando que la transmisión conceda el tierno anhelo, casi un milagrito.
—El partido está retrasado por lluvia —informa el abuelo, que ha ocupado su localidad.
Mi labor como televisión es transmitir pero, si por mi fuera, le daría a ese chiquillo tres segundos de su mamá, alegre y verde. Aún no empieza el juego y ya todos me miran en hogares, restaurantes, establecimientos, áreas públicas y pantallas de celular. La mayoría de ustedes, gente, piensa que mientras más pulgadas tenga, más poderosa soy. Pero se equivocan… lo poderoso no está en mi tamaño, está en ustedes. Si pudieran ver lo que yo… lo que veo cuando se reúnen ante mí es emoción humana, alegría genuina, casi insustituible, parecida a la algarabía de navidad; en el fútbol soy imprescindible, a través de mí se asoman, mágico visor, a lo que sucede en la cancha, ahí donde la patria se reinventa, donde la patria se impone con camaradería y belleza cuando un grupo de amiguitos o primos se abrazan en fila, igual que la Selección al cantar el himno nacional, apoyando los antebrazos en hombros de compañeros.
Millones de televisiones mostramos a todo color que, cuando se logra armonizar la disciplina con un sueño, cuando se juega en equipo y cada quien pone lo mejor de su talento, se mueve con arte mucho más que un balón, se mueve un país, nos damos una narrativa distinta de nuestra patria, tan necesaria e inspiradora. Empotrada en la pared, soy testigo de que eso puedo ser para nuevas generaciones. Por eso hoy gana México, y esta noche, al apagarme tras el juego, así pasen cuatro años, quedará encendida la memoria de un domingo inolvidable que ha dado golazos en el hogar.
El nieto de la señora aficionada desde temprano está esperando, pequeño anfitrión, que en su puerta se oiga toc toc toc, para abrir y decir «¡Bienvenida, familia!», franca alegría, uniformado y orgulloso. Regalo excepcional que da el futbol y que a su corta edad es lo que él más valora: Estar reunidos.
Decretar que las cosas sucedan favorablemente siempre ha sido lo mío. Me gusta pensar positivo y visualizar escenarios buenos, bonitos y agradables. Obviamente no siempre se cumple, pero esas ideas me hacen tomar acciones que me acercan a una realidad parecida a la que imaginé. El chiste es tener la capacidad de identificar las oportunidades y adaptarse a lo que depare el destino. Tal vez eso siente la Selección Mexicana de fútbol que está haciendo historia en la Copa del Mundo 2026.
¿Y qué creen? Aunque esto sí que no lo decreté ni visualicé, tuve la fortuna de estar en el partido de México contra Ecuador en el Estadio Azteca, sí ¡AZTECA!, aunque le hayan cambiado el nombre.
¡Qué partido! ¡Qué locura! ¡Qué gran afición somos!
En mi familia, especialmente la materna, el fútbol se vive, se sufre, se entiende y se respeta. Cuando por fin logré entrar al estadio y vi por primera vez el campo, pensé en mi abuela Carmelina; la pude ver en su mecedora, sintiéndose más mexicana que nunca, lista para ser directora técnica desde el lugarcito donde solía sentarse a un costado de su TV en la sala.
Ver jugar a la Selección Mexicana como anfitrión de un mundial y ganar anotando dos goles, que para los expertos fueron espectaculares, es una experiencia que voy a recordar toda mi vida, fue un regalazo. ¡Siento que fui a terapia! Grité, dejé la voz ahí, canté, aplaudí, me mordí las uñas, lloré, abracé a conocidos y desconocidos que ese día fueron mis amigos y hoy tengo ya como contacto en mi celular.
No sé de qué manera describir lo que se siente un gol de nuestro equipo en ese estadio inmaculado e imponente. Sólo sé que todo era alegría y que me permitió creer que todo es posible si trabajas duro y te aferras en concretar, como lo ha hecho esta selección ganando el partido.
Cantar el himno nacional con más de ochenta mil personas te hace llorar. Corear «Dale dale dale México, dale dale dale México, daleeeeeeeeeee Mé-xi-co» energiza cada célula del cuerpo. Gritamos «¿Y si sí?» todas las veces necesarias para que «retiemble en su centro la tierra» y la Selección Nacional sienta que todo es posible porque creemos en ellos.
Y es que es eso… hay que creer que es posible para crearlo.
Estar en el estadio fue más que vivir un partido de fútbol. Fue ver que si podemos convivir como mexicanos respetuosamente, que podemos escucharnos y unirnos en una sola voz con esperanza. Somos una gran multitud con un mismo sueño.
Ojalá nuestro país y su gente actuará siempre con la alegría, la unión, la solidaridad y el respeto que viví en el estadio el 30 de junio del 2026. Si todos los mexicanos nos tratáramos unos a otros como cuando festejamos nuestros goles, el país sería el mejor lugar para vivir. Ojalá no lo olvidemos y la lección sea aún mayor que sólo obtener la copa del mundo, misma que verdaderamente creo que nuestra joven y aguerrida selección podría ganar.
Tal vez no decreté ir al partido, pero sí pienso que no fue casualidad ni suerte haber sido invitada; fue una recompensa a mi desempeño, fue el reconocimiento de alguien que me ha visto trabajar y ponerme la camiseta en mi trabajo, y fue por ese esfuerzo de cada día que me consideró como su invitada al estadio, a ponerme la camiseta: ¡La verde!
Qué fortuna, qué alegría y qué gran momento he podido vivir.
Bucket list, checked!
⚽️ 🥅
Desde el extranjero
Escrito por Tere Góngora Basterra
Tiqui tiqui. Tiqui Tiqui. Tiqui Tiqui
Son las seis de la mañana y la alarma me da la pauta para salir de la cama. A diferencia de otros días me apresuro a entrar a WhatsApp. En la madrugada, mientras dormía (vivo en España desde 2016), México jugó su tercer partido contra Ecuador. Para nuestra familia no ha sido un partido normal. Liz, mi hermana, ha cumplido el sueño de estar en las gradas viviendo el encuentro. Así que el Tiqui Tiqui, por lo menos hoy, ha sido bienvenido. Quiero saber, quiero la alegría matutina, quiero que lo primero del día me lleve por el trayecto cotidiano con una dosis generosa de ilusión.
Así que entro al grupo de Whats de mi familia y no hay mensaje. Buena señal. Se olvidaron de avisar por la alegría. Así que confirmo mi teoría consultando el resultado con Google: ¡Ganamos, 2-0!
—¡A huevo! —exclamo para mis adentros.
Hoy el Tiqui Tiqui no se pospone. Voy directo al clóset y veo la camiseta de mi Selección. Si hubiéramos perdido ayer, me la habría puesto igualmente. Pero los dos tiros a gol me llevan a arreglarme, cantando.
En España hay un refrán. Se usa para expresar que una persona va guapa de más. Dicen: «Tienes el guapo subido». Y yo tengo a todos los guapos y guapas de México subidos a mi hoy. En el reflejo del espejo observo el escudo de mi nación, veo el águila con las alas extendidas e imagino esa primera estrella en su centro superior. ¿Qué hay de malo en soñar?
En máximo vuelo me voy por la nubes a trabajar. 🎶 Oeeeee oeeee oeee oeeeeeeee 🎶 . Entro a mi espacio de trabajo cantando. Avanzo por el día altanera, preciosa y orgullosa. La sonrisa se me extiende y desdobla. A quien me pregunta o se alegra por nuestro humilde e invicto progreso, simplemente le digo con el puño en alto:
—¡Ganamos! ¡Avanzamos!
En mi jornada laboral tengo una tentación tremenda de ver por Instagram a los mexicanos celebrar. Ay mamacita, de verdad que los mexicanos estamos por todo el mundo.
Como tantas otras singulares nacionalidades, ¡cuánto hemos dado a los rincones a los que —por el motivo que sea— hemos decidido mudarnos! Creo que por eso quiero ver las celebraciones. También creo que por eso —aunque no soy una gran futbolera— me gusta tanto la Copa del Mundo del Fútbol. Por eso y porque en el hogar mexicano, el mundial es ritual y casi casi religión.
En México, y fuera de él, muchos de nosotros soñamos. Deseamos. Anhelamos el néctar del triunfo. ¿Puede mi país alcanzar la gloria? ¿Será que sí que influye en la motivación ser país anfitrión? ¿Y si sí es posible que la energía del Estadio Azteca nos dé la fuerza para trascender la pasión que sentimos, para tener la mente fría propia de la concentración que se necesita para vencer a los respetadísimos rivales que nos aguardan?
Ya sabemos que nuestra próxima batalla campal será contra Inglaterra. La sangre mexicana combatirá el liderazgo de un titán llamado Kane que está kaaaaaaneeeeeeón. ¿Podrá el liderazgo de Aguirre gestionar la expectativa de esos muchachos que nos representan y guardan en sus cuerpos el deseo de millones de personas que retiemblan en sus adentros por la posibilidad de llegar a la final, de ser merecedores de levantar la copa y levitar?
Si le ganamos al kaneeeeeeeonsísimo Kane y a su equipo, habremos llegado más lejos de lo que hemos hecho nunca en esta competición. Y entonces sí, se nos va a ir de las manos. Oficialmente nos coronaremos como campeones de las mejores celebraciones del mundial. Porque sabemos bien, que en el fútbol como en la vida, igual y mañana no tenemos motivos por los cuales celebrar y que por eso hoy, hoy dejamos todo por el encuentro familiar, los gritos pelados y liberadores, la alegría compartida de los amigos, el romper la rutina y hacer de una cita con el esférico, un momento estelar.
El próximo partido volverá a ser en madrugada para mí. Cuando el Tiqui Tiqui me vuelva a dar la pauta para salir de la cama, me apresurare a ver el resultado. Si el marcador resulta como un tercer tiro a gol, entonces querré salir corriendo, querré salir a la calle eufórica, iré pletórica a buscar la camiseta de mi Selección en ese estado que sublima la pertenecía a la patria en la que uno nace, se hace y de la que nunca puede desarraigarse. Conduciré al trabajo con un Penacho de Moctezuma imaginario y será difícil que alguien pueda sacarme de la idea de volver a decir, aún con más orgullo:
—¡Ganamos, hemos llegado más lejos que nunca antes en el mundial!
Y si por lo que sea, me despierto con la noticia de que nuestro camino en este mundial ha llegado a su fin, me pondré la camiseta igual. Iré a trabajar con todos los guapas y guapos mexicanos subidos a mí desde que me convertí en extranjera, y me sentiré como me siento desde hace diez años, como una integrante mas de la selección mexicana en el mundial de la vida, que va por ahí demostrando que los mexicanos somos mucho más que pasión desenfrenada, mucha más que esa mala reputación que nos ha dado el narcotráfico y la corrupción. Reivindicaré —como el primer día— que somos ilusión, alegría, unión familiar; somos esfuerzo, trabajo duro, energía milenaria, mestizaje, orgullo y mucha conciencia de que lo único que tenemos es el aquí, el ahora, la importancia de hacer del hoy un fiestón.
¿Llegaremos a la final? Por ahora, lo sabrá Dios. Pero yo ya me vi, jugando la final contra España. Y ya me vi… llorando. La doble nacionalidad me duplica la posibilidad de experimentar qué se siente ser campeón en una Copa Mundial. Si gana España, genial… pero si gana México… y si sí que conseguimos la estrellita sobre el escudo nacional, agárrense… que la bikina se me va a quedar cortita. Pasaré luciendo mi orgullosa nacionalidad, me pondré la bandera como capa durante un mes y no habrá quien pueda bajarme a las guapas y a los guapos en los próximos cuatro años.
Tiqui tiqui. Tiqui Tiqui. Tiqui Tiqui
Quizá mañana me despierte de la ilusión. Pero ninguna alarma me arrancará de la auto adjudicada responsabilidad de representar a México como un país ganador en generosidad, imaginación, responsabilidad, espíritu de superación y amor. Ese amor que por lo menos en mi equipo familiar hace que yo sea el tercer tiro a gol.
Después de todo, ¿a dónde… a dónde vamos sin pasión?
⚽️ 🥅 ⚽️ 🥅
Desde la casa
Escrito por Addy Góngora BasterraSoy una televisión. Esta es mi voz para contarles qué pasa cuando dejo de ser un espejo negro y la pantalla se ilumina con el verde deslumbrante de la cancha de futbol. Con la energía colectiva que une y ennoblece, mi monitor plano se siente «inflamado en amor por los balones», como lo escribió el poeta español Miguel Hernández, cuando me convierten en estadio particular y palco VIP en la sala de este hogar.
Disfruto deleitar a la familia, especialmente a la señora que ahora es abuela, a quien he visto conmovida y apasionada (tan seria y formalita que parece) desde el día de la inauguración. El futbol es una herencia intangible de sus padres, compartida en ADN con sus tres hermanas y seis hermanos, extendida a sus hijas y sobrinos. Su nieto, un niño de cuatro años que frecuentemente quiere ver en YouTube algo de Blippi, Disney o Pixar, esta vez pide algo diferente:
—Quiero ver a mi mamá. ¿En dónde está? —pregunta mirándome fijamente desde su pequeña altura, mientras la cámara hace un paneo por las gradas del Estadio Azteca.
—Yo también quiero verla —responde su tía desde el sofá—. Imagínate que, entre toda esa gente, tu mamá está cante y cante.
La abuela y la tía se miran deseando que la transmisión conceda el tierno anhelo, casi un milagrito.
—El partido está retrasado por lluvia —informa el abuelo, que ha ocupado su localidad.
Mi labor como televisión es transmitir pero, si por mi fuera, le daría a ese chiquillo tres segundos de su mamá, alegre y verde. Aún no empieza el juego y ya todos me miran en hogares, restaurantes, establecimientos, áreas públicas y pantallas de celular. La mayoría de ustedes, gente, piensa que mientras más pulgadas tenga, más poderosa soy. Pero se equivocan… lo poderoso no está en mi tamaño, está en ustedes. Si pudieran ver lo que yo… lo que veo cuando se reúnen ante mí es emoción humana, alegría genuina, casi insustituible, parecida a la algarabía de navidad; en el fútbol soy imprescindible, a través de mí se asoman, mágico visor, a lo que sucede en la cancha, ahí donde la patria se reinventa, donde la patria se impone con camaradería y belleza cuando un grupo de amiguitos o primos se abrazan en fila, igual que la Selección al cantar el himno nacional, apoyando los antebrazos en hombros de compañeros.
Millones de televisiones mostramos a todo color que, cuando se logra armonizar la disciplina con un sueño, cuando se juega en equipo y cada quien pone lo mejor de su talento, se mueve con arte mucho más que un balón, se mueve un país, nos damos una narrativa distinta de nuestra patria, tan necesaria e inspiradora. Empotrada en la pared, soy testigo de que eso puedo ser para nuevas generaciones. Por eso hoy gana México, y esta noche, al apagarme tras el juego, así pasen cuatro años, quedará encendida la memoria de un domingo inolvidable que ha dado golazos en el hogar.
⚽️ 🥅 ⚽️ 🥅 ⚽️ 🥅
El nieto de la señora aficionada desde temprano está esperando, pequeño anfitrión, que en su puerta se oiga toc toc toc, para abrir y decir «¡Bienvenida, familia!», franca alegría, uniformado y orgulloso. Regalo excepcional que da el futbol y que a su corta edad es lo que él más valora: Estar reunidos.
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