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viernes, 9 de octubre de 2009

Tuareg



Tuareg en el desierto de Marruecos
© Fotografía de Martin Harvey


No sabía qué era un Tuareg.

Ahora sé un poco más que eso gracias a las respuestas sencillas y llenas de sabiduría que dio el Tuareg Moussa Ag Assarid a las preguntas del español Víctor-M Amela. La entrevista tiene ideas, belleza y más que palabras, una realidad distinta a la que vivimos y una manera alterna para percibir, entender y disfrutar la vida:


No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles. Nací en un campamento nómada Tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores Tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.


- ¡Qué turbante tan hermoso...!

- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.


-Es de un azul bellísimo...

-A los Tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...


-¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

-Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los Tuareg, es el color del mundo.


-¿Por qué?

-Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.


-¿Quiénes son los Tuareg?

-Tuareg significa abandonados, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: señores del desierto, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.


-¿Cuántos son?

-Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo luchó por preservar este pueblo.


-¿A qué se dedican?

-Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...


-¿De verdad tan silencioso es el desierto?

-Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.


-¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?

-Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!


-¿Sí? No parece muy estimulante...

-Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.


-Saber eso es valioso, sin duda...

-Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!


-Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

-Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!


-¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?

-Vi correr a la gente por el aeropuerto... ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...


-Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...

-Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté... Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua... y sentí ganas de llorar.


-Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

-¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso...


-¿Tanto como eso?

-Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.


-¿Qué pasó con su familia?

-Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba ayudándome...


-¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

-De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...


-Y lo logró.

-Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.


-¡Un Tuareg en la universidad...!

- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele.


-Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

-Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!


-Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

-Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...


-Fascinante, desde luego...

-Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...


-Qué paz...

-Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.



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