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domingo, 3 de marzo de 2013

El cuentista que vivió en su propio cuento

Plaza de Jamma Al Fna en Marrakech.
Fotografía de Angelo Cavalli.


Escrito por José Gordon.
Fragmento del libro: 
“El cuaderno verde. Entre el azar y el destino” 

El 24 de agosto de 1899 nació Jorge Luis Borges en la ciudad de Buenos Aires, un escritor que trató de imaginar —con gran inteligencia, ironía y gracia— cómo imaginaban en el mundo otras miradas. En el cuento La busca de Averroes describe al sabio árabe tratando de entender un comentario de Aristóteles sobre la tragedia y la comedia.

El problema, plantea Borges, es que Averroes, encerrado en el ámbito del Islam, no tenía los referentes necesarios para entender esos términos. En un juego de espejos, escribe Borges: “Averroes, queriendo imaginar lo que es un drama sin haber sospechado lo que es un teatro, no era más absurdo que yo queriendo imaginar a Averroes”.

Nosotros, a la vez, estamos en el absurdo de tratar de imaginar a Borges en el momento en que escribe sobre Averroes, sobre un mundo relacionado con Marrakech, con fábulas de viajeros que hablan de árboles cuyos frutos son pájaros verdes y se discute sobre la existencia de rosas cuyos pétalos de rojo encarnado tienen inscritas letras que se refieren a Dios. En esas conversaciones se compara el destino con un camello ciego que atropella a los hombres.

¿Qué nos dice de Borges este cuento? Si estamos en busca del alma y el mundo de este autor, ahora hay que imaginar cómo su texto sobre Averroes llega a las plazas públicas de Marrakech. María Kodama dice que el homenaje que más le hubiera encantado a su esposo fallecido, fue uno que organizó hace varios años Juan Goytisolo en Marrakech, junto con los traductores de Borges a la lengua árabe. Dice Kodama:

“Creo que lo que más le hubiera emocionado a Borges es que, como parte del homenaje, me llevaron a la plaza de Jamma Al Fna, donde todavía están los contadores de cuentos, los antiguos confabulati nocturni. Ellos están de pie y a su alrededor se sienta un gentío. Yo seguí el relato de una manera distinta: como no lo podía hacer intelectualmente ya que no comprendo el árabe, lo seguía a través de las expresiones de los ojos, de las bocas entreabiertas, de la curiosidad. Fue una experiencia preciosa. Cuando terminó el cuentista, le dije al traductor:

—¿Qué quiere decir Borges en árabe? Tal vez estoy obsesionada, pero creo que he escuchado la palabra Borges a cada tanto.

Me respondió:

—Borges quiere decir Borges.
—¿Pero cómo?

Me explicó que el cuentista había tomado “La busca de Averroes”, de Borges, y había hecho una traducción del árabe literario al dialecto de Marrakech para que la gente muy humilde pudiera entender. Relataba “La busca de Averroes”, pero a la vez contaba cómo el hombre que había escrito ese cuento —y que había llegado del otro lado del océano— paseaba por la plaza de Al Fna y trataba de que las mujeres ahí presentes le echaran la suerte tirando los hueso.”

Borges se encontraba dentro de su propio cuento, visto desde los ojos de un narrador de Marrakech. Así lo recordamos a más de cien años de su nacimiento.
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